lunes, 13 de febrero de 2012

JORNADA IV (1 de 2): NO PARES DE PENSAR EN EL MAÑANA

Cautivos y desarmados la pareja de gendarmes, aunque haya sido mediante las malas artes de una modesta propina, podemos movernos a nuestras anchas por todo el territorio maliense sin el inconveniente de hacer llorar a los niños cuando descendemos de los “jeeps” con dos apuestos fusileros impecablemente uniformados cubriéndonos las espaldas. Así, pues, la jornada se augura pacífica desde la perspectiva de la protección armada. Otro tanto por lo que concierne a las rutas y caminos que atraviesan el país dogón. Las tres primeras visitas matinales las tenemos bien cerquita, para comenzar dos aquí, en Bandiagara y la otra a una treintena de kilómetros. Además, el recorrido vespertino se prevé por pista, que aunque de tierra arcillosa y polvorienta no tiene ni comparación con el traqueteo habitual sobre pedruscos y mesetas rocosas de la víspera. Nos las prometemos felices mientras intentamos, una mañana más, con escaso éxito, enseñar algunos vocablos de castellano a la shakesperiana cacatúa del hotel.

Es “vox populi” que las organizaciones religiosas en África son, con diferencia, las ONG’s más eficaces. Por muchas razones, compromiso personal insoslayable, alto nivel de formación de sus miembros, honradez a prueba de cualquier tentación venal. Algunos de los que nosotros conocemos llevan años, hasta cuartos de siglo, empeñando su propia vida, en el sentido más literal del la palabra, en la  batalla de la solidaridad, aún a sabiendas de que, con toda certeza, no verán la victoria en esta generación, ni en unas cuantas venideras. El sentido humanitario de la mayoría de religiosos y religiosas presentes en África supera con creces la motivación espiritual inicial que les ha traído hasta aquí, se llame ésta vocación, destino divino o llamada del Altísimo. Tan criticados, no sin razón, en los países occidentales, son aquí, donde Cristo perdió las sandalias, el mechero o como se diga, los campeones sin par de la lucha contra el analfabetismo, la desigualdad y la pobreza. Ni siquiera está claro, para más inri, que se vayan a ganar el Reino de los Cielos. Si tuvieran un buen director de marketing, no que ello les interese lo más mínimo –que tu mano derecha no sepa lo que da tu izquierda, o al revés-  ninguna multinacional por bondadosa que fuere (esto acaso sea una contradicción “in terminis”) tendría, jamás, el cartel que estos héroes, en el más pleno sentido de la palabra, se merecen.

Este excursus podríamos aplicarlo a nuestros amigos, los salesianos de Bamako, que siempre nos acogen con los brazos abiertos, pero también a Abel Kassogué, nuestro guía e interlocutor nativo, cura diocesano, tan comprometido con sus gentes como con Yavhé. Más si cabe. Y de Clara, colombiana, y Elisa, guatemalteca, las dos hermanas del Angel de la Guarda, la congregación popularmente conocida en la madre patria como Angelinas, que gestionan el internado de Bandiagara. Y le Père Leon e il padre Jean Bello y muchos otros, tanto autóctonos como extranjeros, comprometidos hasta la médula por hacer más habitable su tierra, esta Tierra. Y sí, también por salvar almas, algo que siempre entienden que viene después de salvar los cuerpos. Por cierto, excluyendo al obispo de Segou, ¡ay de la jerarquía, llanto y crujir de dientes! que nos dispensó un sentido sermón bien sentado en un sofá pero que no ha sido capaz de terminar un dispensario, financiado por la Fundación Polaris,  en dos años, yendo para tres. Con excusas burdas sobre la calidad del material de construcción.

Seguramente habrá tantas necesidades, o más, en sus respectivos países como aquí, pero lo cierto es que Clara con su dulcísimo acento de Medellín y Elisa, que porta en su rostro angulado y tez morena, su ascendencia maya, aunque vayan a misa cada mañana a las ocho, dedican el resto de la jornada a niños analfabetos y adolescentes estudiosas. No está claro que por ello alguien les vaya a dar el ciento por uno, pero ellas se entregan –como dije, en cuerpo y alma- para que sus alumnas procedentes de la vecina sabana, aprovechando la holganza hasta que llegue la época de las lluvias y con ellas el trabajo en el campo, aprendan los rudimentos de la lectura y la escritura. 

La formación académica será para estas niñas, ya casi mujeres, la única salida para encontrar un trabajo en Bamako u otra gran ciudad. El bachillerato como última trinchera  para no ser trituradas por las torrenteras de la supervivencia. Procedentes de medios rurales, en cualquier caso, en cientos de kilómetros a la redonda todo es rural, vienen a la “gran ciudad” de Bandiagara para estudiar en el instituto de enseñanza media. Con escasos medios, intercambian el costo del alojamiento por tareas del hogar en familias de acogida. Para empezar, a veces esclavizadas por las tareas domésticas no les resta tiempo para el estudio. Peor aún, con frecuencia se convierten en víctimas de violencia doméstica, del maltrato sino algo peor.

El presidente de la Fundación en la Sala Polivalente
Así que las buenas hermanas, haciendo honor al nombre de su congregación, se las han ingeniado para obtener fondos alemanes de Missionwerk, españoles de Manos Unidas, murcianos de la Fundación Polaris World y de sus propias correligionarias. Cierto que tienen algunas ventajas. Ellas o su congregación, conocedoras de los canales de financiación europeos, se han asegurado unos abundantes recursos para la edificación del internado que, dadas las escaseces de estos lares, pueden hasta parecer excesivos. En cualquier caso, han discurrido para construir una excelente infraestructura, austera, eso sí, pero práctica, donde no falta el “toque femenino” en los macizos de cinnias que adornan el patio central. La Fundación ha financiado la cocina, la sala polivalente y el lavadero. Todo ello por un montante de 37.478 euros. Es la tercera vez que las visitamos y hemos visto crecer la obra desde que se excavaron los cimientos hasta llegar a esta terminación irreprochable. Nada que envidiar, se nota la mano y el ojo de las hermanas, a cualquier internado de los que aparecieron como hongos en la España de los sesenta. Salvo, claro está, las dimensiones reducidas y el abrasador sol africano de principios de diciembre que hacia las diez ya cae a plomo.

Resulta complicado, en la distancia, muchas veces discernir los criterios a la hora de asignar fondos. Casi con toda seguridad, con el costo del conjunto que, según nos dice la hermana Clara, se ha ido muy cerca de los 300.000 euros, se podrían haber hecho quince pozos o media docena de maternidades. ¿Resulta ésto excesivo? ¿Cómo priorizar? No conviene diseccionar mucho los matices, sino ver la utilidad inmediata. Posiblemente, los mismos recursos hubieran resultado igual o más eficaces en otras obras, hasta más necesarias y urgentes. Pero lo hecho, hecho está. La Fundación Polaris no va a salvar el mundo, ni siquiera va a hacerlo la de Bill Gates, así que comprobada la eficacia de los fondos asignados, damos por bueno el dinero empleado y dejamos para mejor ocasión el concepto de prioridad. Costo de una beca para una interna, para todo el curso escolar: 150 euros. ¿Empezamos a priorizar? Tres cenas en un restaurante normalico, 120 cafés con leche, un viaje de ida y vuelta a mi pueblo… Un poco de mala conciencia. Las hermanas nos hablan de su interés en aplanar un terreno rocoso en un extremo de la parcela cercada, a fin de hacer una cancha de baloncesto. No tenemos nada en contra de las canchas de baloncesto, pero, la Fundación Polaris, hermana Clara, ha puesto su granito de arena, aunque no sea en el sitio más necesitado de Mali, para que una cincuentena de adolescentes tengan posibilidades de una vida más digna. El deporte de la canasta casi mejor  lo dejamos para la próxima vida.

A unas cuantas centenas de metros, el horario de visita ha salido un poco por azar, entramos en la sede regional de GAAS, Groupe d’Animation Action au Sahel –Mali, una ONG nacional, con los que hemos colaborado mediante la módica suma de 5.450 euros para el apoyo a la inserción socioeconómica de las mujeres de Bandiagara. Esta grandilocuente descripción se resume en aportar fondos para enseñar a un grupo de señoras a tintar los tejidos locales, así como a explicarles cómo transformar alimentos, envasado y fabricación artesanal,  para que los vendan en los mercadillos.  El proyecto se centra en la formaciónprofesional de  varios grupos de mujeres, sobre todo jóvenes del ámbito rural que carecen de escolarización, en trabajos como el tinte, la restauración, y la transformación de productos locales, además de explicarles  cuidados higiénicos elementales.

Muestra de tintura de la Asociación GAAS
En total, en estas actividades, según GAAS participarán unas 45 mujeres, repartidas en tres grupos por año. Esto facilitará que las asistentes accedan a actividades que les generen ingresos, promuevan el uso de la alimentación con componentes locales en los espacios de restauración de la zona y refuerzan las capacidades de las mujeres en el plan organizativo, institucional, y del emprendedurismo. Lo que se podría definir con una palabra bien de moda: desarrollo sostenible. Más de moda aún: codesarrollo sostenible.

Las mujeres realizan una demostración de sus artes en la tintura, se fotografían con nosotros y nos ofrecen una especie de yogures elaborados por ellas mismas. Por precaución, pues sospechamos que las condiciones sanitarias no son las mejores, pese a que los conservan en un frigorífico, nos los guardamos para tomarlos como postre. Ningún problema, por el contrario, sobre los multicoloridos paños con que nos obsequian. Nos reunimos con el delegado regional de la ONG, un ejemplo perfecto de burocracia africana. A lo enrevesado de su hablar, se suma una notable ampulosidad, un insuperable vagabundeo semántico por los lugares más trillados de la cooperación y, peor aún, una asombrosa esterilidad en la conceptualización de… del desarrollo sostenible, lo que nos sirve para recordar los kilómetros que tenemos por delante, incluso aunque sea por pistas razonablemente transitables.  Durante veinte interminables minutos nos apabulla con un discurso de salón de plenos, tan pomposo como etéreo y, sobre todo, inútil. Ramonet, que no pierde su instinto de “killer” periodístico, aunque la EFE le pille a 7.000 leguas, acostumbrado a ver más allá de sus propias narices, advierte el sorprendente número de ordenadores en los diferentes despachos. Que tienen toda la pinta de ser, sino el último modelo, el antepenúltimo. En el patio se observan algunos Mercedes, no flamantes, pero Mercedes, al fin y al cabo. O el discurso tan panafricano como huero del señor delegado nos ha sacado lo peor de nosotros mismos o de repente nos hemos vuelto excesivamente críticos. Pero estos detalles, aparentemente insignificantes,  soliviantan nuestros espíritus. Eran más vistosas las cinnias del patio de las angelinas que el bla, bla, bla de monsieur Coulibaly. Como se suele decir, la mejor defensa contra la vaciedad interminable es un ataque pletórico de asuntos concretos. Y breves, sobre todo breves.

Narcisse, el presidente de la Fundación, que como buen castellano viejo es hombre de escasas palabras, pero bien claras, le dice que corte el rollo ¿cómo se dirá esto en francés, “le rollo”?, que la amistad de los pueblos, la armonía de la humanidad y todas esas zarandajas infladas no nos han traído hasta aquí. Literalmente: “¿Qué proyecto necesita que le financiemos?”. Monsieur Coulibaly no esperaba una propuesta tan directa, acostumbrado como debe estar a formularios, solicitudes, papeles y tampones. Así que tartamudea un poco, se remueve en la silla, pide más papeles –tiene la mesa rebosante de ellos- a una asistente, los mira y remira, no deben ser los buenos y no le queda otra salida que decir que ya nos enviará la solicitud por correo. No se olvide de timbrarlos, por favor. Al salir, miramos de reojo otro Mercedes que acaba de acceder al patio central. Acaso todo sean imaginaciones nuestras y GAAS sea una organización modélica, ejemplar y transparente. Pero los indicios nos han dejado con un mal cuerpo.

La tienda de ultramarinos de Bandiagara
En previsión de una larga jornada, poco antes de mediodía, y dado que vamos a abandonar la civilización durante cuatro días, nos pertrechamos de víveres en una tienda de ultramarinos, tan pequeña como repleta de género en las estanterías. No mucha variedad, pero lo suficiente para asegurarnos de que si nos quedamos tirados en el desierto, sobreviremos a base de atún de Tailandia, galletas de Togo, café en polvo de Camerún y agua de Mali. Por el contrario, el abrelatas tenemos que agenciarlo en el mercadillo. Se echa de menos un chino en cualquier esquina. Dejamos atrás Bandiagara, el centro de la región, o partido judicial, en términos administrativos obsoletos, situada a 750 kilómetros de la capital, Bamako. La provincia posee una superficie de 10.520 kilómetros cuadrados (Murcia tiene unos poquitos más), con una población total, entre los 21 municipios (o 402 pueblos)  de unos 227.580 habitantes (Murcia, cinco veces más).

La carretera que sale de Bandiagara en dirección a Burkina Faso es, para los estándares locales, una autopista. En términos europeos, se trata de una carretera nacional bien adecentada, sin señalización ni arcenes, pero bastante mejor que la que trajimos desde la capital. En realidad, la carretera comienza en Mopti, al este, y se denomina la Ruta del Pescado, por ser la que tradicionalmente se ha usado para llevar el pescado, de agua dulce del Níger, hacia el interior subsahariano. Desciende desde la meseta hasta la llanura interminable, el cono de un volcán inmenso, geológicamente apagado hace millones de años, pero claramente identificable, que se extiende hasta más allá de la frontera de Burkina Faso. Circular de día, a ochenta kilómetros por hora, es todo un lujo, especialmente tras las angustias de las jornadas precedentes.

Nos detenemos a unos 25 kilómetros, a escasos centenares de metros de la ruta, para revisar otro de los proyectos que la Fundación acaba de emprender. Se trata del Centro de Salud Comunitario deBodio, incluida una maternidad que dará servicio a 13 aldeas. La maternidad más cercana se encuentra a 22 kilómetros, en Kor Kori con una ruta intransitable durante la época de las lluvias y penosa en la estación seca. Abel nos deletrea los nombres de los trece pueblecitos beneficiados: Bodio, Bougou, Orintouno, Djombo-kanda, Doundjourou, Golokanda, Kassa, Doucombo, Yawa Kanda, Kododjogou, Oumolu-Bomo y Ondonsa. Además, con toda certeza otros habitantes de aldeas algo más alejadas, aunque no pertenezcan al mismo ayuntamiento,  también resultarán beneficiados como los de Eguéla, Monobondo, Goroi y Parou. Me encantan estos nombres plenos de vocales.

Construcción de la maternidad de Bodio
Bodio pertenece al  municipio de Doucombo, uno de los más extensos de la región,  con un relieve muy accidentado. Resulta casi imposible recorrer más de un kilómetro sobre un terreno plano. La salud, aparte de la escasez de agua, es uno de los principales problemas. De hecho, sólo existe un centro de salud en la aldea de Songho y un pequeño dispensario en Guezoubobón. No existen otros lugares para cuidar a los enfermos. Estas dificultades se ven acrecentadas por lo complicado que resulta transitar por los caminos en el período invernal, así como el importante crecimiento demográfico que colapsa las pocas infraestructuras existentes.

La Fundación, siguiendo el mismo plan de construcción y de costos que en otros centros de salud comunitarios ya terminados, financia la obra por valor de 37.628 euros, mientras que los lugareños ponen el resto hasta cubrir los 40.000 euros del costo total. Como en Nandoly, también aquí habrá dos edificios separados, por un lado la maternidad, por el otro lado el dispensario, con algún anexo para farmacia y almacén, más las letrinas, situadas a varias decenas de metros. Nos inquieta que Bandiagara, no esté muy alejada y la carretera para desplazarse sea excelente. ¿No habremos decidido apoyar un proyecto acaso innecesario? Abel, en quien confiamos de lleno, nos asegura que los habitantes no tienen los medios para desplazarse a tanta distancia. Esperemos, pues, cumplir con los buenos propósitos para los que se solicitó el proyecto: mejorar las condiciones sanitarias de la población de Bodio, disminuir de forma considerable la tasa de mortalidad infantil y maternal,  mejorar las condiciones de higiene de las poblaciones concernidas, aumentar las consultas natales y prenatales, incrementar la tasa de declaraciones de nacimientos y defunciones.

NO PIENSES EN EL MAÑANA
Los albañiles están trabajando, las paredes comienzan a cobrar altura. Están utilizando la piedra local, así que no desentonará del paisaje. La calidad de la construcción, salvo por el forjado, aparentemente algo endeble para el grosor de las paredes, no tiene nada que envidiar a la que mantiene Jose Mari, el experto albañil de mi villorio. Delante de la edificación, un obrero, de espaldas al sol se aplica a desbastarlas con unos utensilios irrisorios. Porta una camiseta, que en grandes letras y cubriendo toda  la espalda lee: “Don’t stop thinking about tomorrow” (No pares de pensar en el mañana). Una aseveración que sirve de metáfora para él mismo, delante tiene una montaña de piedras que tallar, y, sin ánimo de dramatizar, un resumen inesperado, pero tan real como la existencia misma, de cómo viven, sobreviven, las gentes con que nos encontramos ayer, hoy y nos encontraremos mañana. Y lo peor, al decir de muchos, está en el porvenir. “Don’t stop thinking about tomorrow”

viernes, 27 de enero de 2012

JORNADA III (2 de 2): CAMBIAMOS DOS DISPENSARIOS POR DOS CABRITOS

Volvemos al camino de Pulgarcito, punteado por las piedras con la dirección a seguir. Durante una mera quincena de kilómetros, se nos hacen una eternidad, el traqueteo del vehículo resulta insoportable. Atravesamos una sabana bien alejada de las estampas kenianos con sus colinas onduladas, verdeantes e idílicas. Aquí la llanura es áspera, arisca, infinita. Ocasionalmente algún tramo de pista arenoso, bordeando los campos recién cosechados de sorgo y mijo, permiten a Omar y Abel circular en segunda. No por mucho tiempo. Repentinamente la pista vuelve a transitar sobre la roca. Los árboles ralos, adaptados a las condiciones climatológicas adversas del viento y la escasa pluviometría, como 350 mm. anuales en la época de lluvias, de junio a septiembre, resisten al abrigo de pequeñas vaguadas. Los troncos retorcidos, las ramas asimétricas, crecidas al albur del sol que más calienta y del viento que sopla racheado desde el Sahara, siempre terminan por formar una pequeña copa como para protegerse a sí mismos del sol. A esta primera hora de la tarde en torno a unos soportables treinta grados. Y subiendo. Al menos la senda rocosa tiene una bondad: los vehículos avanzan sin apenas polvareda. Descendemos una cárcava y al remanso de las peñas unas cabras ramonean unos esqueléticos espinos.

Seguimos avanzando por la meseta de roca. Unos veinte kilómetros a nuestra derecha, hacia el este, adivinamos, con el calima del mediodía resulta imposible de percibir, la falla de Bandiagara, patrimonio mundial de la UNESCO. Junto con esta meseta calcárea y la llanura que se extiende por debajo de la misma falla, hasta la frontera de Burkina Faso, 40.000 kilómetros del país dogón, un territorio cultural y étnicamente muy homogéneo, habitado por clanes familiares venidos, en el siglo XV, desde Guinea, al oeste. Por más que la geografía física sea interesante, sus costumbres, arquitectura, tradiciones, y cultura resultan tan apasionantes como etéreas para el extranjero, ancladas como están, quizá no por mucho tiempo, en entresijos familiares extremadamente cerrados y laberínticos. Un mundo que, según el decir de los ancianos, no perdurará más allá de unos años. Como nos dirán unos días más tarde en Pel, los viejos -¿quién no ha oído semejante estribillo en su vida?- se quejan de que ya nada es como era antes y que en menos de una generación las tradiciones tan celosamente guardadas durante siglos se desvanecerán.

Por más que miremos hacia adelante, siempre la misma tabla rocosa salpicada de arbustos bajos, algún árbol karité (cuyos frutos son muy apreciados para fabricar cremas) y, puntualmente, en algún recoveco, donde queda un puñado de tierra, las elegantes y estilizadas palmeras de la variedad ronier, con sus palmas en forma de abanico, ascienden, majestuosas y aisladas, hasta los 25 metros. Por unos instantes, tan lejos se divisa el horizonte, parece que toda la superficie de la tierra en derredor, al menos hasta donde alcanza la vista, esté moldeada por el mismo patrón paisajístico, hasta hacernos perder ligeramente el sentido del tiempo y, más que nada, de la orientación. Nos sobresaltan las primeras salvas de fusil cuando todavía restan un par de kilómetros para llegar a Ouroly, nuestra siguiente parada y fonda (“Más banquetes de agradecimiento, no,  por favor, cortemos la cinta de inauguración de la maternidad, saludemos, cantemos, bailemos, bebamos, pero no más almuerzos!”).

El pueblo de Ouroly pertenece al municipio deWadouba, que a su vez forma parte del distrito de Bandiagara. Los habitantes de Ouroly, al igual que los de los doce pueblos colindantes, subsisten con la pequeña agricultura y la cría de caprino. El clima de tipo subsahariano, con 3 o 4 meses de lluvias, sólo les permite cultivar un poco de mijo, sorgo, cacahuetes y las cebolletas, allí donde es posible retener el agua de la lluvia en las ramblas. El municipio de Wadouba tiene 27.885 habitantes, siendo la densidad de 35 habitantes por kilómetro cuadrado. La población está, en su mayoría, compuesta por jóvenes: en torno al 75%. En cuanto terminan las labores del campo, una buena parte emigra hacia las ciudades en búsqueda de oportunidades laborales. Y algunos, si se lo pueden permitir, arriesgando sus vidas, hacia Europa.

Una muchedumbre de niños y adolescentes rodean los “jeeps”. Nos bajamos y todos se arremolinan para chocar las palmas, acariciarnos los brazos peludos, tocar nuestras manos, mientras repiten, una y otra vez, “¿Coma sa va? ¿Coma sa va?”. El jolgorio es extraordinario. Abrumador y agobiante en el sentir de Isabelle, la traductora. Para intentar acortarlo, echamos a correr. No sé si ha sido una buena idea. Los chavales entienden que forma parte de un juego y hacen otro tanto. Como consecuencia, se levanta una aparatosa nube de polvo. Todos se apiñan alrededor. Muchos van descalzos, abundan las camisetas deportivas, muchas del Barça y Madrid, los ropajes, en los más mayores, vistosamente estampados y multicolores. Casi un kilómetro después, la bienvenida ha comenzado bien lejos, se divisa la aldea, escondida detrás de los peñascos. Los mayores nos esperan a la entrada, bajo un baobab, más disparos al aire, música de tambores, saludos formales, siempre con las dos manos juntas, se notan bien curtidas, de las autoridades. Cierto aire de solemnidad en los rostros. Las mujeres agrupadas, con sus santones y abalorios en la cabeza, al frente de la marcha. Muchos niños portan, sobre  mástiles hechos de cañas, la bandera de España o de Mali, o su aproximación, pintadas en una cuartilla. Ramonet está hecho un atleta, en su reencarnación de reportero fotográfico, él, tan dado a la pluma, se ha colocado sobre un pequeño promontorio desde donde los ángulos de la Nikon deben ser inmejorables. El sonido rítmico, acelerado, de los tambores no se detiene. Uno de los músicos marca el soniquete con un instrumento exótico: un cencerro para el ganado.

En todos los festejos y en Ouroly no es excepción, siempre aparece un maestro de ceremonias –por una razón ignota suele ir vestido con una americana oscura, previsiblemente signo de elegancia- que intenta, sin mucho éxito, organizar el caos. El de Tabitongo llevaba incluso el orden de la ceremonia escrito en un folio. En esta ocasión porta la indumentaria típica de los cazadores. Si acaso, consigue, mediante el espartano método de blandir una caña reseca y amenazar con golpes en el suelo, delante de la chiquillería, aunque sin llegar a golpearles, abrirnos paso. La peregrinación, que no el alboroto, puesto que la música y la danza no se detendrán hasta que abandonemos dentro de tres horas el lugar, acaba frente al edificio del centro de salud comunitario financiado por la Fundación Polaris. El constructor ha seguido el modelo habitual en forma de U muy abierta. A un lado la maternidad, al otro, el consultorio y algunas dependencias de apoyo. Según los requisitos exigidos a la hora de aprobar la aportación monetaria, todo el edificio se ha recubierto con la piedra local, combinando losas de color crema y rojizas. Esto facilita que la nueva edificación no desentone para nada, de hecho queda razonablemente integrada, del paisaje circundante y las construcciones locales. El constructor afirma que ha tenido no pocas dificultades para completar la obra, dado que ésta se asienta en plena ladera rocosa. Efectivamente una parte se asoma al precipicio. Por una de los ventanales, al otro lado del barranco, se divisan los campos de cebolletas.

El dispensario y la maternidad tendrán como pacientes principales a las mujeres de Ouraly –como claramente demuestran a grito pelado y visible alegría durante toda la celebración- así como a los niños de los 12 pueblos vecinos. Hasta ahora, todos los partos tienen lugar, en condiciones sanitarias pésimas, en los hogares. Los beneficiarios de la maternidad serán, pues, los 13 pueblos (Ouroly-Tolo, Tenné, Dianou, Oyé, Gagnaga, Embissom, Bolmo, Irely-Bolo, Sal-Ogol, Sal-Dimi, Sal-Sombogou, Sol-Djeninké y Sol-Dogon), en particular, y el municipio de Wadouba, en general. La población total de estos 13 pueblos es de 10.278 habitantes, las mujeres, que representan, aproximadamente el 53%, son 5.449. Estamos perdidos en el corazón del África subsahariana, pero por estadísticas no será.

En todo el concejo de Wadouba sólo hay dos maternidades: la Kani Gogouna y la de Tabitongo, de donde venimos y que ha entrado en funcionamiento hace unos meses. Aunque la obra de Ouroly es en sí modesta, parece que cumplirá los principales objetivos para los que ha sido financiada: mejorar la salud infantil y de las embarazadas en la zona, sensibilizar y educar a la población en el marco de la planificación familiar, luchar contra las enfermedades infantiles, permitir a la población de Ouraly y alrededores el acceso a cuidados sanitarios adecuados sin tener que recorrer grandes distancias, además de mejorar la cobertura de vacunas en la zona. El coste de la obra ha sido de 42.687 euros, de los cuales la Fundación Polaris World ha aportado 40.400.

Pese a la algarabía de la celebración -los gritos de los niños y el sonido de los instrumentos de percusión no cesarán ni un momento- siempre existe la formalidad, casi se puede decir la pompa, de la inauguración. Nos ponemos a las órdenes del cazador, nuestro maestro de ceremonias. Han extendido una cinta y las autoridades, junto con el constructor, se sitúan detrás de la misma para cortarla. Ni siquiera falta la simpática niña, claramente asustada por el pequeño grupo de tez diferente, con su bandejita y sus tijeras. Todos, salvo los que están bailando y tocando, aplauden. Es la hora de que Narcisse, el presidente de la Fundación, inspeccione con detenimiento el interior. La terminación es buena, los pisos bien cementados, las ventanas y las puertas de hierro perfectamente ancladas, nada que envidiar a los albañiles incapaces de arreglar la gotera en el tejado de mi casa. Quizá le falte un muro externo para proteger el recinto de animales domésticos y salvajes. Por el resto, parece impecable.

Eso sí, las salas, el despacho del futuro enfermero, la farmacia están desnudas. Normalmente, la Fundación no financia ni material, ni utensilios con el propósito de que los beneficiarios intenten completar por sus propios medios el equipamiento. Algo ya han conseguido. En una de las salas hay una camilla para las parturientas, con pocas sofisticaciones, pero limpia,  utilizable al fin y al cabo. El edil ofrece las oportunas explicaciones sobre la disposición y el uso de los diferentes espacios. Dado el visto bueno a las instalaciones, nos guían hasta un edificio cercano de planta baja que hace el oficio de sala de recepciones para los festejos populares. Es nuestro sino. No queda otro remedio que almorzar por segunda vez en apenas tres horas. El menú es similar, más pollo, menos higadillos, aunque sorprendentemente hay espaguetis. Intento acaparar, creo que no soy el único extranjero en hacerlo, como si saliera de una huelga de hambre, el racimo de plátanos, ¡qué fortuna!, colocado enfrente de donde me sientan. Salvado por el fruto del Musa sapientum, más conocido como bananero. Las coca colas y refrescos, del tiempo, como dicen en el bar de mi pueblo, completan el menú.

En el soportal de entrada tienen lugar los discursos. El presidente de la Fundación insiste, como lo hará en todas y cada una de las 22 visitas que realizaremos durante el viaje, en que la Fundación tiene por fin ayudar a los que la vida ha dado menos sin distinción de razas, credos o condición social. Isabelle se concentra en traducir el francés que, de forma majestuosa, enuncia David, el coordinador de ayudas de las ONG para toda la zona, quien a su vez traduce del dogón. Del dogón de este puntito geográfico. Nos extrañamos que Abel, nuestro guía, no traduzca, pues conoce al dedillo el ideario de la Fundación Polaris. Además, estamos como a veinte kilómetros de su pueblo. Pero resulta que aunque entiende la parla de Ouroly, en líneas generales, el dialecto es lo suficientemente diferente como para que le incapacite para la traducción. Bueno, si hay 320 dialectos y lenguas en el conjunto del país, la fragmentación lingüística parece inevitable. ¿Babel no estaba en Mesopotamia?

Entregamos el segundo lote de medicinas genéricas del día y a modo de agradecimiento nos entregan una cabra, inmaculadamente blanca como dicta la tradición. En realidad no es una cabra, sino un cabrón. Bien grande. Tanto que se requieren tres personas para cargarla en la caja del todoterreno. Para que no salte fuera, o el camino la haga saltar, maniatan sus patas. Nos desternillamos de risa. No pretendemos ser descorteses con el obsequio, una verdadera fortuna que habrán pagado entre todos, pero no deja de ser cómico el imaginarnos negociando con Spanair para transportar la cabra hasta Barcelona. Ya tuvimos una buena bronca con ellos para ¡sacar las tarjetas de embarque en Barcelona, figurémonos para convencerles de que nuestro animal de compañía,  a la vuelta, es un cabrito¡ Hacemos planes sobre la cabra: que si echaremos suertes a ver quien se queda con ella, que si la azafata podrá ponerla el cinturón, que si pasará por el escáner sin pitar. Proponemos a Hellène comprarla un zurrón y hacer que sea adoptada, junto con el cabrito, por los pastores trashumantes “peulh” con quienes nos hemos cruzado por la mañana, guiando su reata de ganado y sus hogares a cuestas. Pero no está por la labor. Así que sin más discusión dejamos atrás Ouroly con su flamante maternidad y el cabrito en la parte trasera del vehículo.

El sol empieza a ocultarse tras los cocoteros (no, esto es broma). El paisaje no ha cambiado ni un ápice, ni en cuanto a su belleza, aunque no haya cocoteros, ni en cuanto a su hosquedad, como tampoco el desabrido camino que nos conduce, es un decir, hasta la última etapa del día, el pueblo de Nandoly, para visitar la tercera maternidad de la jornada. Modestia aparte, por lo que concierne al que esto pergeña, llevamos el plan de trabajo del día, pese al infame camino, tan puntual como si fuera la agenda de un consejero de comunidad autonómica periférica, ¡qué digo¡ como la de un ministro centralista. Algún gracioso del grupo, de cuyo nombre no me quiero acordar, con yerno nica, esto es, de Nicaragua, imitando las bromas de los nicayos hacia su impresentable presidente, al que denominan “mico mandante”, me atribuye idéntico apelativo por llevar el reloj en hora. Corremos el serio riesgo de recoger la segunda cabra, el tercer almuerzo, que por la hora será merienda cena, el tercer festejo de la jornada, el vigésimo discurso de bienvenida. Como era previsible, a poco más de un kilómetro de la entrada a la aldea se oye clara y nítidamente, en el sereno ocaso africano, la salva de los fusileros aficionados deseándonos la bienllegada.

Hemos visto algo semejante en los dos pueblos anteriores, pero, aparentemente, debe tratarse de la especialidad local de Nandoly. No menos de cuarenta o cincuenta jóvenes, tanto zagales como zagalas, ataviados de forma cuanto menos heterogénea, bailan frenéticamente en dos columnas, los visitantes caminamos en el pasillo central, mientras descargan una y otra vez sus rifles. Un mozo pretende, a toda costa, mostrarnos sus habilidades con el arma. Se planta delante de nosotros y hace girar el fusil por encima de su cabeza, lo pasa por detrás de su espalda, y lo vuelve a presentar en posición de firmes, antes de apretar el gatillo: el John Wayne dogón. Extremadamente diestro con las manos, no lo ha sido tanto con la pólvora. El rifle no termina de descargarse y cuando por fin lo consigue emite un ruido mortecino y apagado, de escopeta de feria. Evidentemente, pese al clima reseco, la pólvora la tiene mojada.  Arropado por las dos columnas de fusileros y fusileras, más músicos, la chavalería, la asociación de mujeres y el grupo de ancianos, nos dirigimos hacia el centro de salud comunitaria financiado por la Fundación, situado en las afueras del pueblo.

Por primera vez, a sugerencia del constructor y, siguiendo las recomendaciones del ministerio de sanidad maliense, se ha evitado la forma de U abierta y se han levantado dos edificios completamente separados a fin de otorgar una mayor privacidad a las futuras mamás. En una carpa improvisada, bajo una lona sostenida con unos palos de fortuna, cuyo intenso color anaranjado queda acentuado por el sol poniente, repetimos el ritual de discursos de bienvenida, agradecimientos, entrega de medicinas. Narcisse, el presidente de la Fundación, tiene un mensaje y no se cansa de repetirlo: la Fundación ha financiado la obra para beneficio de todos, sin distinciones de ningún tipo. El costo de la obra –realizada en menos de seis mesess- de Nandoly ha sido de 40.628 euros, de los cuales, la Fundación Polaris ha financiado 38.112 euros. En este caso, los beneficiarios directos del proyecto serán los habitantes de los 14 pueblos que conforman la agrupación rural de Nandoly y alrededores. En total, estamos hablando de 4.382 personas. La sanidad local no se puede decir que sea boyante, pero el servicio de estadísticas es una maravilla.

Aquí la fiesta tiene otras variantes, más elaboradas. Un pequeño grupo de adolescentes interpreta una danza deliciosamente coreografiada a medio camino con la representación teatral. En una de las dependencias han preparado la “nourriture”: más pollo, más arroz, Catalina. Con todo el ir y venir de la gente que entra y sale para ver el establecimiento, el “mico mandante”, dejando cobardemente en la mesa presidencial al presidente de la Fundación y a la traductora, se escaquea para acercarse a un grupo de jóvenes que -no pueden negarlo-  llevan el ritmo en la sangre y en el alma, incluso aunque porten camisetas de la NBA o con la efigie de Obama. Hellène más aficionada a la danza que a la gastronomía local hace otro tanto. Ramonet, ¿dónde está Ramonet? Echando las dos manos a tres paisanos para montar el segundo cabrito en la Toyota.

En África la noche llega tan veloz como aparece el día. En apenas unos minutos nos quedamos a oscuras, salvo por la luna menguante elevándose por encima de las casas de adobe. En el poblado, carentes de electricidad, la única luz es la de las hogueras para preparar la cena. Hora de regreso a Bandiagara. Como a lo largo de la jornada hemos viajado en círculo por toda la meseta dogón, el trayecto de vuelta resulta, por suerte, relativamente corto. No ha estado nada mal la jornada. La Fundación Polaris World no salvará el mundo pero el ayuntamiento de Wadouba dispone de tres aseados dispensarios más. Según carta del alcalde, retorno a las gloriosas estadísticas locales, han cumplido el 67% de los objetivos propuestos por el nuevo equipo de gobierno en materia de sanidad. En la caja de la camioneta, los cabritos, a fuerza de patadas, han conseguido desliarse y amenazan con tirarse por la borda. Allá ellos.

Por cierto, los gendarmes, bien viajados y comidos, no se han perdido una, van tan panchos en sus asientos, aunque bastante menos alerta que por la mañana. No tiene mucho sentido que vengamos en son de paz –en Ouroly los niños echaron a correr cuando les vieron descender de los vehículos- y llevemos a remolque a dos guripas. Mañana les despediremos, unos eurillos mediante. Como decía nuestro Abel Kassogué al alcalde de Ouroly: “Si hace falta, llevaremos a nuestros huéspedes a aúpas para que no les pase nada”. Gracias, Abel, por el gesto de solidaridad. La verdad es que nos hemos sentido como, hasta sobra el como, en casa. Una cervecita Castle cuando lleguemos a Bandiagara, mientras debatimos el enrevesado futuro  de los dos cabrones saltarines, o viceversa, de la caja, será la guinda de la jornada. ¡Tiembla, Spanair!

lunes, 9 de enero de 2012

JORNADA III: EL PUEBLO QUE ESTÁ EN LA LADERA


Por más que lo hemos intentado, no ha habido manera de dejar con un palmo de narices a la policía. Resultarán ideales para llamar la atención a cien leguas a la redonda. Como apenas si hay turistas, ya somos, de por sí, bastante visibles, si además arrastramos un par de caballeros uniformados en la chepa, la buena nueva de nuestro recorrido puede, sin muchas dificultades, alcanzar los oidos de cualquier barbudo con Kalashnikov que se precie de secuestrar europeos (y europeas, claro), sea a la vuelta de la esquina o en Tombuctú. Debatimos durante el desayuno –té con miel de baobab- en el agradable patio interior del hotelito, como dar esquinazo la autoridad competente que, según nos anuncian, espera, repontingada en un sillón a la entrada, mientras observa, con tranquilidad y nada de firmes, como discurre la vida bajo su jurisdicción. Un loro saltimbanqui, se pasea de copa en copa por los arbustos del jardín dando los buenos días a todo el que quiera escucharle. En inglés. Intentamos enseñarle alguna palabrota en la lengua del imperio donde nunca se ponía el sol. Impossible. Seguro que no es la hora de los idiomas. “Bon jour, Bon jour”, ni siquiera se atreve con el gabacho.O quizá sea problema de mi acento.

Efectivamente, el guardia, porque sólo hay uno y nada más que uno, apoltronado delante de la puerta, en postura poco diligente, conversa tranquilamente con los guías, los camareros del hotel, el mecánico del tallercito –por llamarlo de alguna manera, ya que es un chamizo destartalado de adobe- donde nos están arreglando el pinchazo del Toyota y los peatones que transitan por la plazoleta. Hace un par de años, la rotonda estaba llena de carteles ilustrativos sobre cómo prevenir el SIDA, mejorar la higiene o gestionar el granero familiar. Ahora, un lugareño que se ha hecho rico con una fábrica de abonos está levantando una imponente estructura, fea como ella sóla, de más de 20 metros sobre la que están colocando un artilugio en cemento armado que imita  la gigantesca mitad de una calabaza. Alusiones patrioteras a la versión dogón, la etnia mayoritaria en la zona, del significado de Bandiagara: “la gran calabaza”, en términos patrios obsoletos el partido judicial y centro de la comarca.  El policía es un imberbe que no aparenta y, seguramente, no tiene más de 18 años. No parece que se muestre muy inquieto por nuestra supuesta inseguridad. Resulta poco creíble que el buen mozo pueda interponerse entre nosotros y cualquier fanático que aparezca de improviso por detrás de cualquier duna gritando que Alá es grande. Conviene arrancar porque tenemos que visitar tres proyectos de la Fundación, en otras tantas aldeas: Tabitongo, Ouroly y Nandoly, no muy alejadas de Bandiagara, aunque con un acceso muy complicado.

Molineras de mijo
Lo de prisa y agenda son dos conceptos más bien ignorados a la puerta de La Falaise, mejor tomarse la vida con pausa. No merece la pena mirar el reloj. Nos dedicamos a jugar a tres bandas. Bromeamos con los guías y los vendedores de artesanía. Somos sus potenciales clientes favoritos y únicos. El mecánico, a la antigua usanza, aporrea el neumático para despegarlo de la llanta. Habilidoso, fruto de la práctica y la carencia de herramientas adecuadas, arregla el pinchazo sin excesivas dificultades. Todo por poco menos de dos euros. Persuadir a la autoridad paramilitar para que siga repontingada en el sillón y deje de cumplir con su deber nos va a costar un poco más. Finalmente, por 7,62 euros, o sea, 5.000 CFAs locales, le convencemos de que ya somos mayorcitos para viajar sólos. No ha sido fácil el conseguirlo. Nos quedará la duda si la dificultad ha estribado en su sentido extremo de la legalidad hacia las órdenes de sus superiores jerárquicos o el “quid” ha consistido en fijar la cantidad adecuada por la cual dejará de salvaguardar nuestra integridad. Esperemos que no tome gusto a esta modalidad, poco ejemplar, de persuasión y regrese mañana con medio cuartelillo. Porque parece enclenque, pero de tonto no tiene un pelo.

A policía muerto, gendarme puesto. Enterados de que el desplazamiento de la jornada tendrá lugar en la zona rural, aunque sea en los aledaños de Bandiagara, aparecen dos gendarmes. Estas precisiones administrativas no aparecen en nuestra Guide du Routard. Éstos, al menos, vienen en pareja, como la guardia civil, y traen fusil. Su correa está deshilachada, el modelo –aunque seamos ignorantes en armamento- no nos parece de última generación. Es dudoso que porten balas, salvo que tengan el cargador cargado o en el bolso de atrás del pantalón caqui, porque cartuchera no llevan. Estar  protegidos –sobreprotegidos en nuestra opinión- parece nuestro sino en esta mañana dominical. Nos resulta excesivo sobornar a un segundo cuerpo para que se tomen el Día del Señor en serio, aunque sean musulmanes, así que nos resignamos a viajar, pese a nuestras intenciones de desplazarnos de forma discreta, acompañados de los gendarmes. A regañadientes, aceptamos su vigilancia. No parece muy adecuado visitar proyectos de ayuda humanitaria acompañados de autoridades uniformadas y armadas. Como apenas hablan francés, tampoco les ofrecemos muchas explicaciones sobre el plan del día. Previsiblemente en la academia de la gendarmería han aprendido algunas normas básicas: rechazan aposentarse en el asiento trasero. Desde delante, observan mejor, dicen, los peligros que nos acechan de frente. Uno en el Toyota, prestado generosamente por lo salesianos de Bamako y conducido por Omar, y otro al Pajero, conducido por nuestro Abel Kassogué. Pretendíamos empontingar a los dos, bien juntitos, en la banqueta de atrás de uno de los vehículos, pero no ha habido manera.


Pasamos por la misión católica para cargar una pequeña parte del bazar que con mejor intención que lógica iremos repartiendo en las aldeas a medida que durante la semana vayamos visitando los diferentes proyectos. Al sacar, en Bamako, la mercancía del contenedor enviado con antelación todo el material ha quedado revuelto, así que cargamos los cuatro por cuatro, más o menos al azar, aunque intentando guardar un mínimo equilibrio del material y de la cantidad. Las medicinas adquiridas (unos 3.000 euros) a Farmamundi, de Valencia, son fácilmente identificables. Esta ONG, muy especializada en suministro de medicamentos, realiza un trabajo ejemplar. Añadimos una docena de balones de fútbol, deshinchados por mor del espacio, seguro que los niños se las apañarán para inflarlos; material de escritorio diverso; juguetes variados, mochilas donadas por una empresa de Cartagena. Al final, la carga tiene poco que envidiar a un “chino”, pero reabrir y reclasificar las cajas nos llevaría excesivo tiempo, y entre corromper (¡Que el Altísimo no nos lo tenga en cuenta!) a los guardianes del orden y reparar la rueda, nos han dado las nueve. ¡A trabajaaaar!

Nos detenemos a una quincena de kilómetros de Bandiagara. La ruta se ha convertido, apenas abandonada la ciudad de la Gran Calabaza (entre 10.000 y 15.000 habitantes, censados por aproximación), en un enorme traqueteo de aceleraciones y desaceleraciones entre la primera y la segunda marcha. Pocas postales tan africanas como un grupo de mujeres, bebés a la espalda y una reata innumerable de niños jugando alrededor, moliendo el mijo. La ligera brisa del este, procedente del desierto, hace ondear sus multicolores vestimentas. En un peñascal, más o menos aplanado por la erosión, han instalado su era. Mortero y mazo para moler este cereal originado en Extremo Oriente hace más de 10.000 años y sustento de poblaciones en zonas semidesérticas o áridas. Mali, con cerca de 1,5 millones de toneladas, es el cuarto productor del mundo, tras India, Nigeria y Níger.

Las mazorcas alargadas, cuidadosamente colocadas al pié del mortero de madera, se introducen a medida que las machacadas se desgranan. Faltará aventar la molienda para separar la paja del grano. Encontraremos decenas de veces la misma estampa, siempre mujeres o adolescentes, casi a cualquier hora del día, pero especialmente al atardecer, al llegar a cada aldea. Se muestran reacias a ser fotografiadas y no es de extrañar. Estamos en una de las rutas más turísticas de todo Mali, la que conduce hasta el acantilado de Bandiagara. Seguro que están hartas de turistas profesionales y fotógrafos aficionados. La intermediación de Abel Kassogué, nuestro guía y corresponsal de la Fundación, nativo de la comarca, allana todos los obstáculos. No sólo aceptan ser fotografiadas, hasta prestan el mortero y el mazo para que, Isabelle y Hellène practiquen, sin mucho éxito, todo hay que decirlo, sus habilidades campesinas. Parece poco probable que dos oriundas de Paris y Murcia sean, sin entrenamiento de veinte o treinta años en esta ardua tarea, muy diestras en un ejercicio tan rural. Al menos quedan, para la posteridad, sus gestos desmañados en la tarjeta digital en la Nikon. Narcisse, en un gesto que repetirá insondablemente, su mochila parece no agotarse jamás, reparte golosinas y unos globos entre la consabida algarabía de la chiquillería. Algún bebé de los que llevan las madres (¿o son sus hermanas?) a la espalda es tan pequeño que, por miedo a que se atragante, no parece muy conveniente entregarle el chupachups. Mejor dejárselo a la madre. Los gendarmes, impasibles y ojo avizor, se han colocado en dos altozanos, atentos a nuestro inocente contacto con los nativos.

Panorámica del Centro de Salud de Tabitongo
Poco a poco, una vez que nos adentramos en la meseta que se extiende hasta perderse de vista, horizontal y plana, sólo divisamos rocas y arbustos, el camino se vuelve más y más complicado. Parece impensable que el Sahara se encuentre a tan pocos kilómetros. En algunas vaguadas, donde han retenido con presas el agua de las lluvias, nos sorprende el verdor de los campos de cebolletas. Monocultivo, que decían en la clase de geografía. Como sólo han pasado un par de meses desde el fin de la estación de las lluvias, el agua en las pozas todavía es abundante. Hacia mediados de febrero, con las altas temperaturas el riego de los bancales de cebolletas y algunas verduras es necesariamente cotidiano, no quedará ni una gota de agua en las ramblas. En todo caso, hasta el mes de junio no volverá a llover. Aparentemente, cada año menos que el anterior. Los bancales se riegan “a manta”, lo que sin duda requiere un dispendio de agua considerable. Se ven bastantes más motobombas que en viajes anteriores, aunque muchos agricultores siguen recurriendo al método tradicional de acarrear el agua con calabazas. Más postales africanas para las cámaras digitales.

Entramos en el camino de Tabitongo, ocho kilómetros infernales, prácticamente en su totalidad sobre roca erosionada por los caprichos de la madre naturaleza. El vehículo bota, rebota y vuelve a botar. Como en el cuento de Pulgarcito, los “arcenes” están señalizados con pedruscos que marcan la dirección a seguir. Con todo y con eso, si no viniéramos con Abel, es muy posible que apareciéramos en Mauritania o Chad. Difícil orientarse en esta llanura tan simétricamente idéntica en sus ralos zarzales y escasos campos de mijo cosechados. Ocasionalmente nos cruzamos y saludamos con discreción a algún pastor nómada, de la etnia “peulh”, fácilmente distinguible por su indumentaria y fisionomía. Las señoras portan en la cabeza –ocho o diez unidades- todos los cuencos en madera de sus cocinas portátiles. El camino, pura roca, no afloja.  Llegar a Tabitongo, cuya traducción es algo similar al “pueblo que está en la ladera” (en verdad que hace honor a su nombre) es un verdadero alivio para el cuerpo.

Cuando hace tres años, en otro viaje de la Fundación, guiados por Abel, caímos por este lugar recóndito e inhóspito paraje, dos aspectos resultaron llamativos, incluso chocantes. Por un lado, los 15 kilómetros de ruta (¡y vaya ruta¡) que hay hasta Shanga, donde se encuentra el dispensario más próximo. A lomos de asno o en bicicleta para sacar los enfermos. Al menos los que podían ser transportados. Los nacimientos, ni que decirlo tiene, se hacían en el hogar, no por modernidad, sino por necesidad. En unas condiciones higiénicas que eran, cuando menos, lamentables. Por otro lado, que en un lugar tan carente de necesidades básicas, esencialmente la sanidad y el acceso al agua potable –al menos la escuela tiene un aspecto muy digno- y con una población no superior a los 1.500 parroquianos, había, hay tres lugares de culto: iglesia católica, mezquita y espacio de culto animista. Y los dos primeros no son precisamente un par de chamizos de mala muerte. ¿No hubiera sido más adecuado gastarse el dinero en un dispensario, un pozo en condiciones o en ampliar la escuela? Pero ¿quiénes somos nosotros para establecer prioridades? Y menos “a posteriori”.

Sea como fuere, la Fundación decidió en su momento construir un pozo, cuya dificultad estribaba en que había que excavar, dinamitar, para ser exactos, el terreno rocoso. Eso fue en 2008. Tras el abandono de un primer pocero, ante las dificultades encontradas, se recurrió a un segundo que logró finalizar la obra, no sin sobrepasar el presupuesto inicial de los 20.000 euros. Aunque como se encontró el agua a 35 metros, el déficit presupuestario no ocasionó demasiados contratiempos. A continuación, en 2009, vino el dispensario, también finalizado y en funcionamiento, por un valor de 42.000 euros.

Comité de recepción femenino con las deidades en la cabeza
No es de extrañar, pues, que en nuestra tercera visita, ahora ya para revisar las obras de ambos proyectos terminadas, nos organicen la tercera fiesta en otros tantos años. A un kilómetro de la entrada nos espera el gentío habitual: ancianos de luenga barba, niños descalzos, músicos a golpe de tambor, cazadores ataviados con gorros de piel y fusiles. Una señora con la estatuilla de la pareja primordial dogón, en madera, sobre la cabeza lidera la procesión. Otras damas llevan estatuas de Nommo, dioses bisexuales, creados por el dios principal Amma, que descendieron del cielo a la Tierra en un arca. Los dioses Nommo crearon los ocho linajes dogones y enseñaron a sus descendientes humanos el arte del tejido, la herrería y la agricultura. Para no alargar la descripción mitológica, imaginemos que la cofradía de mi pueblo saca la imagen del Sagrado Corazón hasta la carretera por donde llegará el obispo para que la bendiga. Tan atractiva como complicada –aunque no menos que la explicación del misterio de la Santísima Trinidad- la mitología dogón, tiene un trasfondo claramente agrario relacionado con la fertilidad. Como no podía ser de otra manera en esta región, frontera del desierto durante siglos, donde la escasa agua que fecunda la tierra, si llueve, es el fundamento esencial de la supervivencia.

Por lo tanto, aunque parezca un poco excesiva una tercera fiesta, en ella nos sumergimos en cuerpo y alma, no sin antes contar la rocambolesca, providencial que dirían algunos teólogos, historia de la financiación del pozo. Salvo para complementar el presupuesto inicial con unos 8.000 euros, la Fundación Polaris, ha actuado más bien de gestora en el proyecto. En realidad, el pozo, se llevó a gracias a la generosa contribución (20.000 euros) de un donante español, murciano por más señas.

En efecto, los 1.500 habitantes de la aldea de Tabitongo, una vez terminada la época de las lluvias, a principios del otoño, sobreviven, mal que bien, a decir verdad, más mal que bien, de la pequeña agricultura irrigada mediante el acarreo de calabazas que, con paciencia interminable, rellenan una y otra vez en las pozas de un cauce sin corriente. Llegado febrero, el cielo inmisericorde con esta región abrasadora, la pequeña presa que ha retenido las aguas de lluvia termina por agotarse.


Revisando el brocal del pozo "El Señor de los Milagros"
No queda otro remedio que desplazarse entre 10 y 15 kilómetros cauce, siempre reseco, arriba. Los acarreadores, en exclusiva mujeres y niños, escarban en el lecho un par de metros hasta encontrar bajo las arenas húmedas pequeñas retenciones del líquido elemento. Vuelta con la calabaza en la cabeza otros quince kilómetros hasta “el pueblo que está en la ladera”. A estas alturas del año, principios de verano, los cultivos ya se han marchitado semanas atrás. El agua arenosa sirve, como mucho, para la cocción del mijo, el sustento cotidiano de los lugareños.

La cadena de favores, aquí narrada, comienza a más de 4.000 kilómetros del país dogón, donde el final feliz tiene lugar. En Churra, una pedanía de Murcia, absorbida por la expansión de la capital y los nuevos centros comerciales. Un buen hombre, difícilmente puede el calificativo emplearse con más propiedad, a quien a partir de aquí llamaremos por su nombre de pila, Agustín, decide cumplir su promesa, de hacer una buena obra, prometida a “El Moreno”, una advocación de Jesús crucificado muy popular en…Colombia y conocido como el “Señor de los Milagros”.

El compromiso del señor Agustín, viene, pues, de lejos, de muy lejos. Exactamente se ha originado 9.021 kilómetros más al este, en el colombiano valle de Cauca a donde peregrinos de todo el mundo afluyen para venerar a “El Moreno”, en la localidad de Buga.  El señor Agustín conoce desde hace años a los salesianos de Churra, a quienes acude para que le orienten sobre qué obra buena podría financiar. Los salesianos ponen al señor Agustín en contacto con la Fundación Polaris World. De esta forma tan inverosímil, el cuadrilátero (Agustín, Fundación Polaris World, Buga, Tabitongo) se convierte en un círculo perfecto.

El del brocal excavado en la roca de Tabitongo, el pueblo que está en la ladera… sin una gota de agua. La promesa al “Señor de los Milagros” comienza a cumplirse en una pequeña explanada de Tabitongo a principios de 2010. La tarea no es fácil, el pueblo está asentado en una meseta rocosa, así que los 30 metros de profundidad del pozo tienen que ser excavados con barrenos de dinamita y un martillo neumático de segunda mano. Afortunadamente, perdón, providencialmente, a los 30 metros comienza a brotar agua, hecho que da la razón al zahorí que ha indicado el lugar exacto, localizado a medio camino entre la iglesia y la mezquita, donde resultaba imperativo excavar.

Se ha creado un comité de gestión del pozo para cuidar de su mantenimiento y limpieza. Todo el mundo puede acudir a extraer agua del pozo, el cual, por cierto, produce agua de excelente calidad. Cualesquiera sea la etnia o religión, sin distinciones de ningún tipo, extraen el agua que sirve para cocinar, beber, y una mínima higiene. El sobrante se usa para el ganado y el riego de los pequeños huertos familiares. La localización del pozo, a sólo 300 metros de la escuela facilita que las madres y los niños que acuden a la misma no ocupen su tiempo en interminables acarreos del agua, lo que, sin duda ninguna, les permite dedicar más tiempo al aprendizaje escolar.

Todos los vericuetos recorridos para conseguir extraer el agua de la roca, dejando aparte connotaciones anticotestamentarias, reflejan una moraleja que rezuma sincretismo por los cuatro costados.  La devoción de nuestro generoso murciano a “El Moreno” colombiano, propició que Amma, la principal divinidad animista maliense, ya mencionada con anterioridad, hiciera honor a su nombre, el “Señor de las Aguas”, en esta franja sedienta del África subsahariana. Sin olvidarnos de Alá que vela sobre la cercana mezquita que da sombra al pozo.

El enfermero con el Registro de Nacimientos
La maternidad, situada justamente al lado, fue la primera que la Fundación Polaris World construyó en la región. Cuando todavía se tanteaba el terreno ante la época de vacas flacas que se adivinaba en el horizonte y el Patronato decidió concentrar sus esfuerzos en una zona geográfica específica y en pequeños proyectos, bien identificables, y de fácil seguimiento. Se consideró adecuado un modelo mixto de maternidad y centro de salud, con una planta en forma de U, dotado de un pequeño despacho para los gestores y una pequeña oficina de farmacia. A unos cien metros, para mejorar las condiciones higiénicas, se construyeron unas letrinas. Todo ello por un costo que rondaba y ronda los 42.000 euros. El modelo se ha replicado en los otros diez Centros de Salud Comunitarios como se denominan en la parla oficial administrativa.  Algunos ya terminados y otros en fase de construcción. En los terminados más recientemente se ha preferido separar en dos edificios individuales, para guardar la intimidad de las parturientas, el bloque de consultas del de maternidad.

Advertimos, con enorme satisfacción, los pequeños detalles, apenas perceptibles,  que confortan nuestro sentimiento de que el esfuerzo de socios, amigos y simpatizantes ha merecido la pena. Tras dos años en funcionamiento, han ajardinado el patio con un cierto mimo, pese a la escasez de agua; todo el perímetro ha sido vallado en un murete de piedra elevado por los propios aldeanos a fin de proteger el recinto de los animales que se mueven a su aire por el poblado.  Una ONG francesa de Rennes ha traido mobiliario básico, camas, camillas y utensilios médicos, atravesando Marruecos y Mauritania. Y casi rizando el rizo, dada la precariedad en la que viven, hasta han contratado un enfermero. Sus conocimientos tienen toda la pinta de ser más bien someros, pero realiza tareas tan elementales como importantes: mantener la higiene del lugar, pequeña curas y, ¡sorpresa, sorpresa! Mantiene un cuaderno de registro con los nacimientos. Ochenta y dos durante el último año. Dentro de un par de décadas todo el mundo sabrá la fecha exacta de su nacimiento, podrá ser escolarizado sin problemas y conocerá el nombre de los progenitores, etcétera. Un aspecto aparentemente banal pero de gran trascendencia en la vida cotidiana del “pueblo en la ladera”. Donamos al alcalde un lote de medicinas genéricas, siguen media docena de discursos de agradecimiento y el inevitable ofrecimiento de los regalos. Nos llevamos la pareja dogón primordial, en madera, que encabezaba la marcha del comité de bienvenida a nuestra llegada.

Nos entregamos de lleno a la danza. Aunque no todos. Las señoras, siempre ellas, ululan y se mueven en círculos, alguna se destaca al centro y exacerba sus rítmicos movimientos, acelerando hasta levantar una polvareda con sus pies. Los hombres las rodean con sus tamborines y fusiles en el aire. Hasta, Narcisse, el presidente de la Fundación se atreve a agitar los brazos y levantar las rodillas hasta la altura de la cintura. Una vaga versión cartagenera del frenético ritmo local. Hellène, aparentemente más habilidosa, se acompasa mejor con las ancianas del lugar. Pero con todo y con eso… Isabelle descansa del rompecabezas de traducir del francés al español algo que ha sido hablado en dogón. Ramonet le da a la Nikon. ¡Señoras y señores, damas y caballeros, todavía nos quedan dos aldeas por visitar!.

Almuerzo de fiesta con Abel Kassogué (segundo por la izda.)
Apelando a nuestro sentido de la puntualidad occidental terminamos por encaramarnos, rodeados de danzantes con máscaras, jóvenes disparando salvass al aire, mujeres agitando febrilmente los brazos, a los vehículos salvadores. Todo en vano, Abel anuncia que su madre ha preparado un almuerzo de fiesta. Por más prisa que tengamos no podemos hacer ese feo. Nuestra primera comida rural en el patio de la familia Kassogué, la primera en una larga serie -hoy nos caerán tres- está compuesta de higadillos, sangre frita, y otras variopintas entrañas. Nada que no haya comido decenas de veces la víspera del santo patrón en mi villorrio, mi abuelo degollaba el lechazo, cuando tenía, teníamos menos miramientos, éramos jóvenes y, sobre todo, disponíamos de cuchillo, tenedor y servilleta. Esto de comer con las manos, por muy natural que sea el gesto, meter los dedos todos a la vez en la misma palangana con pollo y arroz… Nos falta una pizca de inculturización o nos sobran demasiadas normas de urbanidad. De las nuestras, por supuesto.

(Continuará…)