domingo, 1 de enero de 2012

JORNADA II: EL ARTISTA DE LA OPINEL

Podría haber acaecido en Heathrow, Barajas o Frankfurt, pero al final siempre surge la coletilla de que “ésto es África”. Una paráfrasis, posiblemente irracional e injusta, de que aquí, desde Tánger hasta Johannesburgo, y ya es cacho, cualquier cosa puede pasar. El “dejá vu” de las calles desiertas y polvorientas, los tenderetes de venta descalabrados al borde la cuneta, ahora vacíos, en la ruta que hace, precisamente, veinticuatro horas hemos recorrido a la inversa. Vamos hacia el aeropuerto para embarcar en el vuelo de Bamako a Sevaré, como 800 kilómetros a tiro de piedra, o al menos  en línea recta, a vuelo de Air Mali en avión de hélice. Dicen que es más fácil que se desplome un Airbus de última generación que un Embraer EMB 110 Brasilia. Incluso, en las habilidosas manos de los pilotos holandeses que vuelan hasta Tombuctú, puede planear. Afirman.  Pero ya se sabe: “esto es África”. Bromeamos sobre si el depósito estará lleno de keroseno.  Si no nos vemos en la necesidad de planear sobre la sabana, a eso de las nueve estaremos visitando el primer proyecto de una agenda muy, muy apretada. Las viudas de la asociación de mujeres musulmanas, a quienes la Fundación Polaris World ha financiado cuatro pozos para cultivar sus huertos, nos esperan engalanadas y a ritmo de tambor batiente, no muy lejos del aeródromo de Sevaré-Mopti. Confiemos en el destino ignoto, en la Providencia omnímoda, en el piloto holandés y en el maliense responsable de enchufar la manguera de la cisterna de Total al aeroplano.

Sorprendentemente, no que esta hora sea un factor determinante en las cercanías del ecuador, no se ve un alma por los parajes. Ni en el aparcamiento, ni en la terminal. Ni taxis, ni maleteros, ni vendedores, ni vigilantes. La ebullición habitual en el acceso al aeropuerto se ha esfumado. A decir verdad, se ven exactamente dos cuerpos, un militar con la metralleta en ristre que nos dirige por señas, con ciertas muestras de nerviosismos, a la ventanilla de información y el informador de la ventanilla de información: “El aeropuerto está cerrado, no hay ningún vuelo en todo el día”. Caemos en la cuenta de que Spanair, a mediados de noviembre, nos había cambiado las fechas de salida de Barcelona porque “el aeropuerto de Bamako estará cerrado por tres días”. Como avezados o, mejor dicho, desencantados viajeros de otras peripecias aeroportuarias, pensamos que era una disculpa poco creíble con que enmarañar sus oscuros intereses comerciales. Por una vez, el centro de desatención al cliente, sin que sirva de precedente, nos había dicho la verdad. Y nada más que la verdad.

“Vuelvan mañana”, dice el agente de información aeroportuaria, como si tuviéramos la costumbre de dar una vueltecica por los alrededores, todos los días al alba. Preguntar por qué nadie nos avisó, ni siquiera la agencia de viajes donde se adquirieron los pasajes, parece irrelevante. Casi tanto como volver mañana. Deducimos que mañana puede ser pasado y así sucesivamente. No resultaría extraño que nos pasáramos siete días yendo y viniendo al aeropuerto en busca de nuestro piloto holandés errante sin que nadie sepa decirnos si ha vuelto de Tombuctú o el cierre del aeropuerto se debe a alguna, tan huera como grandiosa, llegada de dignatarios panafricanos. Resolvemos el problema por la vía rápida.

Puesto de control y mercadillo
Se impone un transporte alternativo. La elección no es complicada. Sólo hay uno: carretera y manta para hacer los 700 kilómetros que nos separan de Bandiagara y recuperar la agenda de visitas, mañana, domingo, desde el corazón del país dogón. A estas horas Bamako comienza a desperezarse. Para facilitar las tareas pastorales del Padre Emilio que, tan amablemente, nos ha traído a esta intempestiva hora matinal, le acompañamos a celebrar la eucaristía (“dar la misa”, en el lenguaje del vulgo) a las monjas salesianas, en los suburbios de Bamako. Al pasar un puesto de control policial, el agudo agente de guardia advierte que en el todo terreno nipón vamos uno más de los aconsejados por el fabricante. No podemos negar la evidencia. En el asiento del conductor, el P. Emilio, en el contiguo, Hellène e Isabelle se apretujan como buenamente pueden. Los hombre, tres, como dicta la tradición, detrás. Efectivamente, somos seis para un vehículo donde la estricta ley de circulación maliense sólo admite cinco. ¿He dicho estricta? Basta mirar en derredor y autobuses, camiones, carros y carretas, motocicletas, asnos, todo medio de transporte, como dicen ahora los jóvenes (y las jóvenes, naturalmente), van “petados”. Si sacara a relucir el código, es muy probable que a media mañana el riguroso agente de la ley acabe con su talonario de multas. Si lo tuviera o tuviese.

El Père Emilio, veterano de estos lares, ante la escasamente sutil disyuntiva propuesta por la autoridad competente: “Prefiere usted que lleve sus papeles hasta la comisaría y las 11 se los devolverán o…”.  Aunque bien pensado lo gracioso de la expresión no es tanto la propuesta venal cuanto la puntualidad con que prometen devolvernos los papeles. Dentro de cinco horas en punto. Como 5.000 CFA de la moneda local prometen ahorrarnos esas cinco horas -1,52 euros por hora nos va a costar la infracción- accede a darle una caritativa dádiva. A modo de viático que, según el DRAE, en su cuarta acepción, es la subvención en dinero por un trabajo específico. El de ponernos la multa. Ítem más, el trabajo de no ponerla. Que alrededor cualquier medio de transporte infrinja la casi totalidad de las normas del código de circulación local, nacional e internacional no parece llamar la atención de nuestro atento cumplidor de la ley.

Mientras el Père Emilio finiquita las negociaciones con el guardián, un autobús, tan “petado” como el resto, se ha parado a nuestra altura. El conductor nos mira, primero curioso, después intrigado y finalmente en un gesto que pretende ser cómico, al percatarse de que somos un hato de blancos y blancas perdidos en medio del revuelo del puesto de control, pasa delicadamente, eso sí, la palma de la mano extendida hacia abajo por su garganta, en un gesto que, por su sonrisa maliciosa, considera ingenioso. Y así lo consideramos nosotros. Nos lo tomamos a risa y nos sonreímos con él. Seguro que en su parabólica recibe hasta el hartazgo Al Jazeera. So pena que sea un agente infiltrado de Al Qaeda. Hombre blanco no tener miedo, amigo. Lo cierto es que aunque se trate de una broma de televidente empachado, en ayunas, sin Nescafé y dilucidando cómo nos las vamos a arreglar para llegar a Sevaré, el humor negro maliense no tiene demasiada gracia. Un flash de las recomendaciones del ministerio sarkoziano de Exteriores. “No se extravíen más allá de los 30 km. del centro de Bamako”. Debemos estar en el treinta y uno. Loor y gloria a los servicios secretos de Nicolas.

Mientras el P. Emilio celebra con las hermanas salesianas la sagrada eucaristía, nos dedicamos a fotografiar, desde el patio de la residencia, el amanecer africano, tan imponente o más que sus atardeceres. En este erial de los suburbios, donde se han asentado, todo rezuma tranquilidad, calma, orden. Se nota, como si dijéramos, el toque femenino  de las hermanas. En los árboles del jardín bien podados, las buganvillas que trepan por el perímetro de protección, las  papayeras con el fruto aún demasiado verde y los cuidados bancales con las omnipresentes cebolletas. Incluso el horno, donde queman las basuras, está impoluto gracias a lo que durante todo el viaje, cada vez que veamos, no serán muchos, un espacio ordenado, limpio y atildado lo atribuiremos a la “touche femenine”. De regreso a Bamako, aprendida la lección de la ida, sorteamos la vigilancia del aduanero por el sencillo procedimiento de que Hellène e Isabelle desciendan poco antes de pasar por la garita y atraviesen el puesto de guardia a pié. El vigilante nos mira sorprendido pero ante nuestro cumplimiento estricto de la legalidad más absoluta –aunque sólo haya sido durante cincuenta metros- no le queda otra que mirarnos cariacontecido. El conductor de la palma extendida ya no está para hacernos aspavientos. Afortunadamente. Nos las prometíamos muy felices con el Nescafé de las salesianas, pero hemos tenido que satisfacer nuestro apetito con el bello amanecer africano y deleitarnos con el “female touch”.

Casi las ocho. Deberíamos estar aterrizando en Sevaré. Ahora nos toca solucionar el problema del transporte so pena de desbaratar toda nuestra cuidada programación en Bandiagara y alrededores. Avisamos a Abel nuestro fiel heraldo, nuestro interlocutor en Sevaré. Está esperando el avión que nunca llegará. En compañía de la policía local, avisada desde la Dirección General en Bamako, para custodiarnos durante nuestra estancia. Le sugerimos que les despida aprovechando que en todo el día ya no llegaremos. Y para el caso, como no queremos que se conviertan en nuestra sombra, que les diga que ya ni nos desplazaremos. No habrá manera. Al día siguiente, aparecerán firmes a la puerta del hotel. Órdenes de la superioridad. En la agencia de viajes Bambara que, por casualidad, se encuentra a trescientos metros del Centre Père Michel, una docena de autobuses, pese a que se trata de la estación alta desde el punto de vista turístico, permanecen ociosos en el patio. Algunos de los chóferes pasan el tiempo limpiando el interior para satisfacción de los turistas que nunca montarán. Por lo menos este año, ya veremos el próximo. La misma agencia está cerrada. Eso que, supuestamente, es una de las más importantes del país. Un desastre económico para centenares de familias.

Como en Cuba, Egipto, Marruecos y otros países desorganizados siempre aparece, de no se sabe dónde, en el momento más oportuno, alguien para solucionar los problemas, desde los más ínfimos a los más insuperables. Un guía ocioso se presta a solucionar nuestras dificultades de transporte de manera rauda y eficiente. Conoce un amigo que conoce un amigo, etc. Nos invita hasta su casa. Vamos tranquilos, aunque posiblemente, desde el punto de vista de la seguridad, estemos infringiendo alguna que otra norma. ¡Vaya, ahora sí que no nos hemos alejado más de 30 kilómetros de Bamako! Que su novia, esposa, querida, amante sea francesa nos insufla un cierto grado de tranquilidad. Tenemos una visión fugaz de ella en camisón rosa pálido mientras atraviesa una de las piezas antes de que, gentilmente, vestida, salga para ofrecernos agua. Sin Nescafé, pero algo es algo. Negociamos el precio, aunque no mucho, pues son las nueve de la mañana y cuanto antes nos tiremos al asfalto, tanto mejor. Tenemos claro que debemos alcanzar Bandiagara antes de que anochezca a eso de las seis de la tarde. Conducir de noche en Mali, supongo que en todo el continente, no sólo no es recomendable, sino que debiera estar prohibido por algún tratado internacional. La ONU debería reunir al Consejo de Seguridad cualquier día de éstos, entre guerra y guerra. Por precaución, antes de pagar le decimos que nos enseñe el maravilloso vehículo que dice poner a nuestra disposición. Cuando lo trae concluimos con celeridad que las garantías de que lleguemos sanos y salvos nos parecen excesivamente limitadas.

Así que vuelta al infatigablemente generoso Père Emilio. Nos lleva a la casa de un cristiano libanés vendedor de piscinas que habita en la vecindad. Que sea libanés, cristiano y vendedor de piscinas no es contradictorio, ni surrealista, con buscar el medio de transporte alternativo para hacer noche en Bandiagara. De hecho, su ascendencia fenicia, como la de todos sus compatriotas, -se calcula que 250.000 en África occidental- les ha convertido en los reyes del comercio, en una zona donde la volatilidad política hace que el comercio sea extremadamente complicado. Los negocios más boyantes: restaurantes, supermercados y…venta de piscinas están en sus eficaces manos y sentido común. Eso que dicen que aparecieron aquí por equivocación: el barco que les llevaba a Brasil, a finales del XIX se extravió por las costas de Senegal. 

El primer intento negociador de nuestro amigo no llega a buen puerto. Delante del lujoso hotel L’Amitié, la oferta de vehículo con conductor es similar a la del guía que acabamos de desechar, y más cara. Nos lleva al otro extremo de la ciudad, a la parte nueva, donde se sitúan las embajadas y zonas residenciales de más tronío. En esta agencia, a la sombra de un retrato de Gaddafi, llegamos a un acuerdo. El vehículo resulta más caro, unos 90.000 CFAs, gasoil aparte, como 120.000 por jornada (hoy y mañana para que el conductor regrese a Bamako). Sin embargo, dado que el vehículo es notablemente más espacioso, aceptamos la propuesta. Tiene aire acondicionado, el chófer, hombre de pocas palabras, según el propietario, es un experimentado conductor que acaba de llegar de Dakar. A todo esto se nos está haciendo mediodía y en seis horas nos resultará imposible alcanzar Bandiagara. Mohammed, el chófer se detiene en un mercadillo para comprar una goma de neumático con la que atar mejor el equipaje, otro desvío para despedirse de su familia. A este ritmo nos vemos merendando en los aledaños de la capital.

Finalmente, hacia las doce, dejamos atrás Bamako y emprendemos el camino a Segou. La carretera nacional es infame, sin apenas arcenes. Cada media docena de kilómetros un camión averiado ocupa una parte de la calzada, un poco más adelante, un microbús con la rueda trasera desmontada, entre medias una carreta cargada hasta la maza. Y así kilómetro, tras kilómetro. Las señales de peligro se reducen a ramas que han cortado de los arbustos, colocadas de través en medio de la carretera, apenas unos metros antes de llegar al vehículo accidentado. De día se aprecian desde una distancia razonable, con una cierta facilidad. De noche, no hace falta ser adivinos, las posibilidades de estamparse, sobre todo si circulamos como ahora a 120 por hora, son, estadísticamente, altas. Más kilómetros. Parece que todo el parque automovilístico maliense tenga necesidad urgente de un Plan Renove. De hecho, se cuentan casi tantos vehículos averiados como en circulación.

Pese a todo, avanzamos. Mohammed, que apenas ha abierto la boca, es un experto conductor, deducimos, tras observar como realiza algunas exquisitas maniobras improvisadas. Un volantazo por aquí, un frenazo por allá y otra vez a ciento veinte. No es el maliense más simpático que nos encontraremos durante los once días, pero es un ducho chófer a la hora de esquivar obstáculos en los arcenes, las gallinas a la entrada de los villorrios o adelantar camiones contenedores que amenazan con ladearse por completo sobre la cuneta. Aunque parece tener tanta prisa como nosotros por llegar. O por volver. Intentamos convencerle de que queremos, necesitamos, suplicamos un “pipí stop”. Pero sea por concentración en su ardua tarea, sea porque no le gustó nada que le metiéramos prisa por salir de Bamako, no hay forma de hacerle parar.


Admiramos los mercados que salpican las aldeas que atravesamos, el ajetreo multicolor de escolares con el cabás a la espalda, mujeres, con elegantes ropajes, volviendo del mercado con sus enseres en la cabeza, carretas cargadas de mazorcas de mijo, impecablemente ordenadas. Nunca fue más cierto aquello de que la vida se hace camino al andar. La vida en Mali, una vez fuera de Bamako, transcurre, casi invariablemente, al borde de las carreteras o sobre ellas. Por fin, nuestro adusto conductor, seguramente acechado por el hambre, accede a parar en una intersección de caminos. Otro mercadillo más. Mientras desaparece, raudo y veloz, en un puesto de comidas, nosotros compramos el pan que, son las tres y estamos a galletas y agua, nos salve la jornada. Incluso en esta encrucijada perdida de la sabana, algo bueno dejaron los colonizadores gabachos, el pan tiene buena pinta. Los plátanos, la única fruta segura desde el punto de vista sanitario, están un poco ennegrecidos, por demasiado maduros, pero ante la falta de manzanas relamidas Golden de El Corte Inglés, buenos nos parecen.  Reanudamos la marcha a la espera de que Mohammed acceda a darnos cobijo a la sombra de algún monumental baobab. El salchichón ibérico zamorano que Narcisse había echado a la mochila, con la previsión de experto en veinte viajes más, tiene todos los números para convertirse en nuestro y único alimento hodierno.

De repente, sin un suspiro, ni el más leve quejío, como si hubiera exhalado el último suspiro en una infinita paz mecánica, el Toyota –orgullo del País del Sol Naciente- se detiene, por su propia iniciativa, mansamente al lado de la carretera. La faz preocupada (¿o es la misma de todo el viaje?) de Mohammed no augura nada bueno. Ha tenido la habilidad o la fortuna de detenerse a la entrada de un poblado. ¿Alguien quiere apostar que hay más de doscientos kilómetros de sabana hasta el próximo taller? Pero, al menos, si tenemos que pasar la noche será en un lugar habitado. Porque el resplandeciente Toyota que nos vendieron en Bamako se ha quedado patratás, tras unos  escasos 250 kilómetros. Será porque se ha cansado viniendo de Dakar. Sin el mínimo aviso. Alguien aparece con una cántara de agua. Imagino cómo habríamos solucionado el problema si la parada hubiera sido veinte o treinta kilómetros antes.

Narcisse con sus lecciones añejas de la Fiat en Turín, de hace cuarenta años, y las más frescas de las clases impartidas a sus alumnos cartageneros de formación profesional, parece más confiado. Es el radiador, afirma, no lo chequearon y se ha quedado sin agua. Parece un mal menor. Efectivamente, nuestro especialista recién llegado de Dakar no había tenido la precaución de rellenar el agua del radiador y éste se había quedado más seco que el alma de Judas. Bastará con colmar el radiador, refrescarlo por fuera y, voilà, que el motor se pone en marcha. Las lecciones de mecánica durante el viaje serán abundantes. Adivina, adivinanza: ¿por qué los camiones parecen avanzar ligeramente atravesados sobre la carretera? Ramonet, otro aficionado a los motores de dos tiempos desde sus tiempos jóvenes en la Anoia catalana, ofrece las oportunas explicaciones: “Se les ha roto una ballesta y el eje atravesado hace que el camión avance de través”. O algo así. Así sea. Yo todo lo que sé se resume en el motor de riego Campeón de mi infancia el cual, obviamente, carecía de radiador.

A estas alturas del día, el programa de la jornada es irrecuperable. Aparte de proyecto NP 49: “Apoyo a las actividades generadoras de ingresos económicos de la Asociación de Viudas y Huérfanos de Sevaré”, nos hemos saltado la visita NP 48: “Excavación de pozo de supervivencia en  Orintouno”. Ya veremos a ver si y cuándo recuperamos las visitas. El objetivo ahora es llegar de día, aunque a medida que el sol empieza a bajar por la izquierda de nuestra marcha y faltan 500 kilómetros, nos percatamos de que resultará inalcanzable. Pese a todo, cuanto menos tiempo estemos en la carretera, nuestras posibilidades de perecer en el intento serán mucho menores. Debatimos acaloradamente si para ahorrarnos media hora es mejor echar mano del pan que hemos comprado y el embutido acarreado desde la lejana Benavente. Consideramos que en media hora ganada, podemos ahorrarnos como cuatro autobuses con la rueda reventada, tres camiones con el eje en reparación, cinco carretas fantasmas, dos motocicletas sin luces y media docena de bicicletas invisibles. Eso sin contar peatones ni búfalos.

Buscando la Opinel en el equipaje
Ramonet está en una posición privilegiada para hacer de estazador. Sentado en la banqueta trasera dispone de un espacio razonable, aunque lejos de la cocina de El Bulli, para abrir la Opinel sin que en un bamboleo de Mohammed con el volante termine con la navaja, por las dimensiones parece más un cuchillo, clavado en la ingle. O en algún sitio más doloroso. El arma blanca, icono multipremiado del diseño minimalista, fabricado, desde 1890, en Alta Saboya por la familia Opinel (¡Gracias, Wikipedia) resulta el instrumento perfecto –por algo se venden 15 millones de “opineles” al año- para seccionar el salchichón ibérico en finísimas lonchas. Y todo hay que decirlo, en honor al artista, mientras circulamos a 120 por hora. A Mohammed nuestras inquietudes con el gocho embutido y la Opinel le traen al pairo. Ramonet que entre sus múltiples profesiones ejerció de camarero en sus tiempos jóvenes, cuando Europa tenía fronteras, hace el servicio a las mil maravillas. Además, tiene la amabilidad, en un gesto de solidaridad inquebrantable de que el último bocadillo sea el suyo. Su pericia nos ha ahorrado media hora de angustia nocturna. Nos acercamos  a San y los bordes de la carretera se vuelven tan inquietantes como el bacheado de la ruta.

En un puesto de control, la policía que a todas horas lleva el móvil pegado a la oreja, cuando ya es plena noche, nos invita a bajar del vehículo y nos conduce a una caseta de adobe, pertrechada con el escaso mobiliario de una mesa y una silla. Ante nuestras muestras de incredulidad y preguntas temerosas, nos reaseguran que es una práctica ordinaria, como no podía ser menos, de la autoridad competente. Pero tras tantas advertencias y avisos, a estas horas de la noche como todos los gatos son pardos, la desconfianza se ha acrecentado notablemente. Nos preguntan de donde venimos, a donde vamos y para qué. Lo apuntan en un cuaderno. Observo las anotaciones de todo el día, una línea por vehículo transitado. Ni un solo extranjero, todos parecen nombres locales. La luz de la linterna en la garita de adobe se vuelve inquietantemente fantasmagórica. Tras chequear que nuestro Mohammed tiene los papeles en regla, cuando estábamos a puntos de ponerles firmes con la carta del P. Emilio al director general de la policía, nos dejan pasar y nos desean un excelente viaje.

Comienza lo peor. Rectas interminables donde sólo advertimos la vegetación más próxima a la carretera, a la temblorosa luz de la larga del Toyota que, a estas horas, parece desbocarse. Mohammed se ha vuelto más adusto con la oscuridad y ahora, medio en broma, medio en serio, conducimos seis personas. Todos expectantes, temerosos de vehículos abandonados, leones (desaparecidos tiempo ha de estos parajes), de un bache, una curva, atentos a los “muertos” que se levantan en las entradas de las aldeas. Por la cabeza se nos pasa que en cualquiera de estos desérticos parajes sea por avería, sea por asalto, somos carne de la inmensidad de la sabana. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? Algunos hablan de la Providencia. La carretera se hace interminable. A la luz de una linterna vamos observando en el mapa los pueblos que pasamos, pero el mapa de origen húngaro, comprado en Viena, aunque bastante detallado obvia muchas aldeas, así que por momentos pensamos que estamos yendo hacia la nada. ¿Apareceremos en Mauritania o Burkina Faso? Cuando tras muchos kilómetros, un nombre de aldea corresponde con el marcado sobre el mapa, nos sentimos a salvo, seguros. Pero la carretera no se acaba nunca y ya son casi las 9 de la noche. Deberíamos haber llegado a Sevaré, pero Sevaré, aparentemente, se encuentra a 100 kilómetros, o ¿son doscientos?

Visible de día, algo menos de noche
Por fin. Hacia las nueve y media apercibimos las luces de Sevaré en la distancia. Deberíamos haber estado aquí a la misma hora, pero doce antes. Si, por una vez, hubiéramos creído a Spanair. Los sesenta kilómetros restantes hasta Bandiagara ya nos parecen una bendición. No es que hayan desaparecido carretas, camiones, peatones, pero la ruta es mucho más amplia, incluso a tramos tiene marcaje. Narcisse que ha pasado semanas diseñando un mapa con los pueblos de la región dice que le suenan todos los nombres.

Arribamos a Bandiagara. Respiramos hondo. Apenas cinco kilómetros antes de la meta, Mohammed ha evitado una última carreta. Juramos que nunca jamás volveremos a hacer trayectos nocturnos. Aunque tengamos que ponernos en ruta a las cuatro de la mañana. Ya estamos más cerca de las once de la noche que de las diez. En el hotel “La Falaise”, los huéspedes se cuentan con los dedos de la mano, nosotros somos cinco, se ofrecen a hacernos una tortilla francesa. Aunque como la propietaria es belga… Eso que el cocinero estaba montado en la moto para irse a casa. Para lo bueno y para lo malo: “ésto es África…”



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Relato del viaje de miembros de la Fundación Polaris World a Mali para visitar los proyectos realizados o en proceso de ejecución en el país

domingo, 18 de diciembre de 2011

JORNADA I: LA CIUDAD DEL RÍO DE LOS COCODRILOS (1)


A las tres de la madrugada del 1 de diciembre ¿o es el dos?, las calles de Bamako aparecen sorprendentemente desiertas. La ciudad -se trata de la capital africana que crece más deprisa y eso se nota en el caos de quioscos, cobertizos, chabolas y edificios a medio terminar que bordean la ruta- parece agazaparse en la perenne polvareda que la cubre, incluso en su nocturnidad apenas iluminada, a la espera de las primeras luces, antes de sumergirse en la vorágine diurna, en la búsqueda, a veces desesperada, del pan cotidiano. Pese a que la actividad debe haber cesado hace ya más de tres horas, la polvareda levantada por la agitación comercial de la jornada precedente parece que nunca termina de asentarse. Suspendido en la calma chicha y cálida de la madrugada, nos inunda el olor a leña recién quemada, que cada atardecer y cada madrugada, nos acompañará a lo largo de nuestro intenso periplo de ida y vuelta  hasta Bandiagara. En el centro geográfico del país, ya en la frontera con el desierto, en la frontera con las dunas donde, presuntamente, habitan los bárbaros, bordeando los límites de nuestra supuesta imprudencia que, con tanta cordura, no estamos dispuestos a traspasar. Más allá, la legendaria Tombuctú, la de los 333 santos, existe, pero nosotros no la veremos.

Cruzamos uno de los tres puentes sobre el soberbio Níger. Incluso en estas horas de sinuosa somnolencia, su majestuosidad, subrayada por su anchura, aporta un poco de calma al pequeño rifirrafe que hemos sostenido a pecho descubierto con un aduanero –viejo conocido de visitas anteriores: mismo despacho, misma amabilidad, idéntica dejadez- para convencerle de que ni somos turistas del montón, ni estamos para poner nuestro granito de arena en la opacidad salarial de ninguna misteriosa fuerza gubernamental y aeroportuaria. Ha retenido la maleta de Narcisse, posiblemente porque le parecía, a ojo de buen cubero, de excelente aduanero, quiero decir, la más sólida y pesada. ¡Cáspita!, que diría Tintín, que buen ojo tiene, ha acertado de pleno con el embutido zamorano.

Tras un intercambio banal sobre de dónde venimos (se trata del único vuelo a esta hora, pregunta irrelevante) y a dónde vamos, le tocamos la vena sentimental con el motivo del viaje, tan real –nous sommes en mission humanitaire- como ladino (“traemos material escolar, pero no abra el equipaje, por favor”, evidentemente esta segunda parte queda sin traducción) conseguimos a duras penas que no nos esquilme el irreemplazable salchichón de Benavente y se conforme con un par de bolsitas de frutos secos de Mercadona. Nueces de California. Justo a tiempo. Estábamos a punto –como solución desesperada- de citarle algún precepto coránico sobre la prohibición de comer cochino. No ha sido necesario.

Pese a todo, no queda del todo satisfecho: “¿No podrían darme 10 euros?”. Indolencia hasta para solicitar este modesto impuesto revolucionario. Sin darle tiempo a que haga más preguntas, le aseguramos que el dinero, apelando a las costumbres étnicas del macho hispano, lo llevan las señoras, en este caso preciso Hellène, y ellas están lejos, muy lejos, al otro lado de la cinta.  Esto es, cierto, una mentirijilla piadosa, pero nos concede el tiempo suficiente para echar mano a la maleta, antes de que reflexione sobre las extrañas costumbres tribales de Hispania, y salir con paso decidido, como si nada hubiera pasado, hasta la calle.  Estamos salvados. Nos rescata el Père Emilio, salesiano, burgalés de pro, paisano de un viejo conocido mío, Domingo de Guzmán, de un pueblo tan bonito como su nombre, Araúzo de Miel. Pero esto es otra historia.

Tras la siestecica reparadora, ¡vaya horas!, al alba, en la acogedora casa de los salesianos, barrio de Nyarelá, dejado de la mano de Dios o de Alá, nos disponemos a explorar la ciudad. A estas horas, nueve de la mañana, las calles tienen tanta actividad que es difícil plantar la vista en un punto fijo. Todo es ebullición. Elegantísimas damas con deslumbrantes atuendos, niños harapientos, taxis que tuvieron una mejor mecánica, escolares camino de la escuela con camisetas desteñidas del Barça, del Madrid y de Obama, vendedores ambulantes, y vendedoras, claro, de plátanos locales y maletas indonesias, ruidosas motos chinas con tubos de escape ennegrecidos, bicicletas que en el siglo pasado fueron nuevas, peatones zigzagueando a través de la aparente confusión.  Y el polvo suspendido, siempre el polvo. Moléculas, corpúsculos, partículas por encima de la inenarrable anarquía del tráfico y los puestos de venta que ocupan cada metro de calle. Bamako, llamada en bambara, la lengua local, “río de cocodrilos” se ha convertido en un inmenso zoco donde todo tipo de mercancía parece estar a la venta. Y a la compra.

Decidimos navegar de lleno en este tohu babohu de Bamako, en el caos, visiblemente informe, de una ciudad donde apenas hay viejos. No es de extrañar. La esperanza de vida en el país no supera los 45 años y, según apunta Ramonet, nuestro insigne plumilla vienés, el grado de riqueza, más bien de pobreza, en alguna aséptica clasificación de la ONU, el Banco Mundial, el IMF, la CIA  o lo que sea, se sitúa, por lo que concierne al PIB, en el puesto 207 sobre un total de 228, a la misma altura que la miseria de Haití. No puede decirse que sus vecinos puedan arrimar el hombro, hasta el 228, salvo Afganistán, todos son países africanos.


Para someramente entender algo de lo que una fría estadística puede reflejar en el espejo de la vida de cada día, nada mejor que dejarse caer por el Marché Medina. Más que un mercado es, bromeamos, un polígono industrial. A su manera. Del medioevo, más bien. Situado al pié de las colinas que bordean la capital por el norte, en una de ellas se asienta el palacio presidencial y a sus pies el, parcialmente desvencijado, Estadio Nacional. Si en la ciudad la actividad es incesante, aquí es de vértigo. Centenas de talleres, básicamente chapas sostenidas con medios irrisibles, sirven de refugio a grupos de cuatro o cinco personas que trabajan todo tipo de metales, la mayoría de reciclaje, con utensilios no muy diferentes de los usados en la prehistoria. Todo se hace por la fuerza bruta, generalmente mazazos en frío, ocasionalmente combinados con el calentamiento de algunas piezas en diminutas fraguas excavadas en el suelo, alimentadas por pequeños fuelles movidos con un pedal de bicicleta. En un rincón, cualquiera sabe de dónde habrá salido, una antigualla de martillo hidraúlico  golpea la chapa con un ruido rítmicamente ensordecedor. Será el único signo de modesta modernidad que encontraremos durante el recorrido.

Todo sirve para moldear, cortar, recortar, dar forma. Nada por aquí, nada por allá, y aparecen espumaderas, regaderas, carretillas, sartenes, ollas. Todo parece de utilidad para extraer el producto final. Carcasas de automóviles desguazados, trozos de raíles o raíles enteros, bidones de gasoil y un largo etcétera de material reciclable va siendo deglutido en las pequeñas fraguas impulsadas con el pié o una manivela. Y esto es la parte sofisticada. El resto se moldea a martillazos, generalmente sincopados entre dos trabajadores que se alternan para golpear el mismo centímetro de metal hasta generar la curvatura precisa que da forma a la reja del arado, su esteva y su timón.

En la parte superior, ya cerca del acantilado, en un terreno impracticable, los forjadores se aplican a unos moldes donde vierten aluminio fundido, siempre reciclado, para amasar cazuelas, teteras, pucheros, ollas. Y un poco más arriba, entre el barrio de los obreros y la pared vertical de la colina, decenas de adolescentes mantienen un ajetreo constante alrededor de hogueras, de las que sale un humo negro como la tizna, nada recomendable para los pulmones, ocupados en fundir todo lo fundible. Si hay una imagen dantesca de actividad febril, ésta es. Todos son hombres, generalmente muy jóvenes, los niños no escasean. Algunas mujeres, pocas, aparecen diseminadas aquí y allá para servir comidas en precarios puestos de restauración. La impresión de haber caído en medio de un infierno no puede ser más real.

Empieza a apretar el calor, la humareda de las fraguas serpentea hacia el cielo azulado, los trabajadores, tan fuertes como sudorosos, bullen inmersos en un castigo eterno, golpean incesante, inacabablemente el metal.  Nuestra visita tiene algo de obsceno, sofisticadas cámaras en mano, deportivos recién comprados, mochilas impolutas, mientras sorteamos barracones y desagües hasta retomar la calzada principal. Me pregunto si durante la noche se oirá también el persistente fragor del metal golpeando contra el metal. Cuando salimos fuera y fuera es el ensordecedor embrollo del mercado de verduras, parece que salimos del túnel del tiempo, como si viéramos la luz, tras una hora escasa en el infierno. Comparado con el Marché Medina, la Bamako cotidiana es un pacífico purgatorio.

Un paso rápido por el mercado de artesanía, cerca de la gran mezquita, donde los turistas brillan por su ausencia, el turismo ha sido la víctima principal de los secuestros en el norte, nos parece un oasis de tranquilidad. El paraíso. La casa salesiana del Centre Père Michel un remanso de paz. Con el P. Emilio discutimos los planes para los próximos días. Cauto sobre la situación, aparentemente complicada por encima de Mopti y Sevaré, ha solicitado mediante una carta muy ceremoniosa, la protección de las autoridades locales para estos insignificantes cooperantes de la Fundación Polaris World. Nosotros, por otro lado, hemos decidido hacer caso omiso de las recomendaciones de embajadas y consulados. Aunque Isabelle, como buena francesa parisina y, por tanto, centralista, tendrá un momento de duda sobre si no será mejor entrar en contacto con la legación de Sarkozy. ¡Todos somos Carla, Nicolas!.

Los españoles somos más dados a la anarquía. Consideramos que los diplomáticos son pájaros de mal agüero, salvada sea la Alianza de Civilizaciones. Por nuestro trabajo profesional y nuestra vida de humildes expatriados tenemos sobrada experiencia de su cómoda tendencia para cubrirse las espaldas con el mínimo esfuerzo posible. Si con una vacuna valdría, mejor recomendar una docena, si a dos mil kilómetros actúan asaltacaminos, mejor que no se vaya más allá de los treinta. Son los reyes del por si acaso. Seguramente resulta más cómodo enviar un comunicado alarmante a los medios que dedicar un par de días (¡uy, con estas carreteras tan desastrosas!) a estar sobre el terreno donde, con toda seguridad, hubieran percibido que las informaciones alarmistas han acabado por aniquilar el turismo. Ojo al dato, se dice que el 50% de la población vive de ello.

No obstante, tenemos nuestras dudas de si haber movilizado al director general de la policía maliense ha sido la mejor idea. Seguro que a estas alturas, hasta en la sede central de Al Qaeda, si es que la tiene, deben de conocer al pié de la letra nuestro itinerario. ¡Allá ellos! Alea iacta est, que decía el otro. Nuestro Rubicón fue el día que compramos el billete de venida (esperemos que también el de vuelta). Y eso fue a finales de agosto, hace ya más de tres meses.  

Por la tarde, junto con el Père Emilio nos vamos hasta la granja de Moribabougou, a unos treinta kilómetros de la capital, donde la Fundación, en el año 2006, financió equipamiento agrícola por valor de 23.635,77 euros. Este año, gracias al ayuntamiento de Cartagena, la Fundación Polaris World les ha donado un reluciente tractor, mimado durante años por las olas del Mediterráneo, mientras limpiaba las playas en La Manga. Terminará sus días en esta linda curva del Níger que bordea los terrenos de la granja experimental. La finca se usa como terreno de prácticas para los alumnos de formación profesional agrícola del colegio de los salesianos en Bamako. En la actualidad, para un mejor mantenimiento de la misma, se la han alquilado a una familia camerunesa que se encarga de la explotación de aves de corral.

Los terrenos, salvo una porción más fértil, la más cercana al río, no dan para mucho, pero como terreno para aprender a regar, arar y gradear, resultan muy adecuados para las prácticas agrícolas de los alumnos. El Ebro, impecable tras la puesta a punto en el Colegio Salesiano de Cartagena, tiene una larga vida por delante, aunque no lo acaricie la brisa del Mediterráneo. En una parte incultivable, Antenne France ha montado seis piscinas de espirulina, una alga que se anuncia como el futuro de la alimentación en África. ¡Que así sea porque falta hace!. El P. Pelipe, de la comunidad salesiana de Bamako, ay que lejos queda Santa María del Páramo, ha dispuesto 40 colmenas a donde las abejas, inmunes a las calorinas tropicales, se espera que acudan a los paneles de rica miel. En lugar de sabor a tomillo y romero, el entusiasmado apicultor podrá proclamar a los cuatro vientos una miel con matices de mango y papaya. Pas mal.

Hemos venido acompañados de Antonio y Jose María, de Red Solidaria, tan sevillanos como su simpático acento, que realizan una tarea extraordinaria con la informática. Es, como si dijéramos, un nivel superior de cooperación. La Fundación Polaris les ha transportado junto con el tractor, la cuarentena de bicicletas, también del ayuntamiento de Cartagena, y varios centenares de libros del Lycee Francés de Murcia, el material informático que ellos se encargan de instalar. Pensaban llevarlos a Nara, una ciudad cercana con la frontera mauritana. Por problemas de seguridad en la zona pasarán toda la semana en Bamako montando los equipos antes de que la ONG con la que trabajan, Formación Sin Fronteras, los traslade a su destino. Maravillas de la modernidad, buen momento para recordar el antediluviano Marché Medina de la mañana, la gestión y mantenimiento de los equipos podrán hacerla desde la sombra de la Giralda.


Anochece. Como siempre la puesta de sol africana es deslumbrante en su penumbra acelerada. Incluso en la encrucijada de caminos, donde en un desvencijado tenderete, pero tiene una nevera y funciona, tomamos un refresco para concluir la jornada. Con el atardecer, parece que el tránsito de la carretera y el ir y venir de vendedores entra en una fase de menguado apaciguamiento. Se alargan las sombras de la noche. Regresamos a Bamako. El avión nos espera a las seis de la mañana, así que mejor descansar cuanto antes. Para los novatos, la colocación de la mosquitera es un rito sagrado que se realiza con extremado cuidado. En Ciencias Naturales nos metieron el miedo en el cuerpo con la mosca tsé-tsé. Aunque en la duermevela, fuera todavía se agita la ciudad del río de los cocodrilos, una vez y otra retumba el fragor perenne de los martillos golpeando la chapa en Marché Medina.


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(1) Relato del viaje de la Fundación Polaris World a Mali para visitar los proyectos realizados o en proceso de realización en el país

sábado, 1 de octubre de 2011

Final feliz para internado de adolescentes en Makueni (Kenia)


Todo está bien, si todo acaba bien. El proyecto para la construcción de la Escuela Calosci para Adolescentes en Makueni, Kenia, financiada, en parte, por la Fundación Polaris World, es un buen ejemplo de las dificultades con que se topan muchos proyectos, ciertamente necesarios pero no suficientemente planeados, de ayuda al desarrollo. Pese a todo, la constancia del promotor del mismo, el padre Charles Kyallo, parece haber llevado la obra a buen puerto.

Makueni está  a 173 km.  de Nairobi, la capital.  El acceso, mediante una carretera nueva es relativamente bueno. Situado en una zona de difíciles condiciones climatológicas, el clima es semi-árido, con lluvias irregulares. Es un lugar muy caluroso donde abundan los mosquitos; el agua es un gran problema. La gente de Makueni práctica el cultivo de subsistencia  en pequeña escala, única y exclusivamente, para su propio consumo. La mayor parte de las familias depende del trabajo ocasional, las tasas de desempleo son muy elevadas. La falta de medios motiva que muchos jóvenes dejen de estudiar al no poder pagar los colegios. Debido a unas sequías prolongadas y unas lluvias irregulares la gente sufre porque carece de recursos básicos, en parte los  alimentos. Cuando se avanza hacia el interior, la situación es más precaria. Las dificultades de acceso a la alimentación se han agravado en los últimos años por las sequías pertinaces.

Este proyecto comenzó en el año 1998, con un encuentro entre las familias Calosci (Italia) y Mutua (Kenya) con la intención de ayudar a las muchachas pobres y huérfanas, victimas del sida, en este pueblo relativamente cercano a la capital del país. Primero se compró el terreno para hacer unos locales donde alojar talleres de aprendizaje. Se comenzó por la construcción de un local muy sencillo, completado en el 2000, al que el año siguiente se añadió otro a modo de oficina. Entró en funcionamiento en el 2002, con la asistencia de las diez primeras alumnas huérfanas. A partir del 2003 se edificó una segunda clase y en el 2004, un pequeño dormitorio que acogió dos niñas, enfermas de sida, y tres huérfanas. Pese a ampliaciones posteriores del dormitorio, en el 2007, cuando el colegio tenía ya 58 muchachas, sólo 40 tenían acceso al internado.

Las muchachas que ingresan a esta escuela son de familias pobres, huérfanas, muchas han sufrido maltrato, algunas víctimas de violencias sexuales, allí donde han trabajado de criadas o niñeras. Normalmente, tienen entre 12 y 13 anos. Aunque en el orfanato de madre Tecla, las instalaciones adyacentes donde se recoge inicialmente a las huérfanas, algunas de ellas tienen menos de 10 años, con la problemática adicional de estar enfermas de sida.

Fue en el 2008, cuando los promotores solicitaron la colaboración de la Fundación Polaris World para la construcción de los cimientos y la planta baja de unos locales más adecuados y, sobre todo, más amplios que sirvieran de dormitorio. La Fundación accedió a esa financiación por un valor de 28.524 euros. El objetivo final era la creación de un espacio para más de 100 muchachas internas en el nuevo dormitorio y dotar al internado de  libros, una biblioteca básica, para ayudar a las adolescentes en su aprendizaje en talleres de sastrería, costura, cocina, informática, entre otras labores. Está previsto que las internas realicen pequeñas aportaciones monetarias a fin de pagar el salario de los maestros.

Debido a numerosas dificultades financieras, la Fundación, de manera excepcional tuvo que adelantar tres cuartas partes de los fondos (lo habitual, por razones administrativas, es adelantar el 50% y liquidar la otra mitad al concluir las obras) a principios de 2011, con la condición de que antes de fin de año, los promotores cumplieran con su compromiso, es decir, negociar con los contratistas el que la liquidación final tuviera lugar una vez que la Fundación recibiera pruebas fehacientes de que la obra hubiera sido completada en su totalidad.

Efectivamente, hace unos días, la Fundación ha recibido el Informe Final, con la descripción de los trabajos realizados, un informe de auditoría local (esto resulta que es también un caso excepcional, previsiblemente la influencia británica) y fotos donde se puede apreciar el progreso de la obra. Enfrente de una bonita terminación, algunas de las alumnas, junto con los promotores de la misma, saludan gozosamente al fotógrafo y por extensión, a los socios y colaboradores que han hecho posible este final feliz.